Opinión | Verdiales

Periodista y escritora
Mañanas por las que merece la pena despertarse
Hay dolores que no se superan, pero son ciertos los versos de Wisława Szymborska, “A este mundo horrible no le falta su gracia, ni esas mañanas por las que merece la pena despertarse”

La poeta Wisława Szymborska. / EFE
"Quizás es así como se supera el dolor, arrancándolo junto a lo que está a su alrededor, junto con cualquier otra sensación". Lo dice el narrador del libro que estoy leyendo ahora, 'Inventario de lo que queda cuando el bosque arde', de Michele Ruol, cuyo oficio de anestesista, al lado del de autor y dramaturgo, llama la atención en la biografía que Siruela, que lo publica en España, ha preparado para darlo a conocer en nuestro país.
La frase que me ha llevado a marcar la página en la que aparece doblando la esquina superior derecha hace referencia a un melanoma que le quitaron al Padre (así, en mayúscula y sin revelar el nombre, de la misma manera que la esposa es Madre) de la historia, en la que se cuenta, de forma original, la narración se centra en objetos cotidianos, un televisor de tubo catódico de 14 pulgadas, un aspirador de bolsa, una cama individual con somier, un radiador eléctrico de aceite, ese ‘inventario de lo que queda cuando el bosque arde’, una de las mayores tragedias que pueden vivirse, la muerte de los hijos, Mayor y Menor en la novela.
“Cuando fue a que se lo quitaran, no logró apartar la vista. Después de la anestesia vio el bisturí haciendo la incisión, vio la sangre, vio la aguja atravesando la piel: veía el dolor, pero no lo sentía. La herida se curó con una cicatriz lineal, y en ese punto perdió para siempre la sensibilidad, como si la anestesia se hubiera hecho eterna”, explica el narrador antes de llegar a esa conclusión, la de que “quizá es así como se supera el dolor”.
En la zona lumbar derecha, tengo una cicatriz que en realidad son dos, una sobre la otra, pues el cirujano que me intervino, hace casi veinticinco años, decidió abrir mi ajado cuerpo, por mí misma maltratado, la segunda vez por el mismo sitio, causando un quelonio sin el que ya no sería capaz de reconocer mi espalda.
Y es verdad, en esa parte, la de la cicatriz, no siento nada, soy insensible al tacto del fisioterapeuta y al de la amante, una sensación extraña que no se traduce, sin embargo, en ausencia de dolor físico, las veces que en estas dos últimas décadas he vuelto a experimentar los cólicos nefríticos que provocaron aquellas operaciones las he sufrido igual, con la misma intensidad.
La de Ruol es una licencia narrativa, lo comprendo, confío en él como sólo se cree en los escritores que se ganan tu confianza escribiendo una historia digna de merecerla. Pero me veo obligada a corregirle, al menos en su traslación a esa realidad que tratamos de atravesar, también hacerla más llevadera, con la ficción: hay dolores que no se superan. Sí es cierto, y pertinente, lo que dice uno de los dos epígrafes elegidos para comenzar la novela, estos versos de Wisława Szymborska: “A este mundo horrible no le falta su gracia, ni esas mañanas por las que merece la pena despertarse”.
Entonces, cuando perdí para siempre, como el personaje del libro de Ruol, la sensibilidad en esa parte de mi espalda, la zona lumbar derecha, yo lo ignoraba, me negaba a aceptarlo, entregada a la fatalidad que había arruinado lo que, ilusa e ignorante, creía que era una vida definitiva. Pero con el tiempo, la única cicatriz que no insensibiliza, y el amor inmerecido descubrí que sí, merece la pena despertarse, cada mañana.
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