Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Fútbol
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Messi vs CR7: una crisi de los 40 mundial

Las dos mayores estrellas del último cuarto de siglo encarnan las dos maneras de arrostrar ese 'crack' emocional “en la mitad de la vida, con la senda derecha ya perdida”, que diría Dante

Messi está por encima de la historia: ya es el máximo goleador de siempre en los Mundiales

Cristiano exhibe sus galones y Portugal se pasea ante Uzbekistán

Messi desata la locura en Argentina

Messi desata la locura en Argentina / CHARLOTTE WILSON / AFP / VÍDEO: ATLAS

Uno de los temas literarios de este Mundial es: la crisis de la mediana edad.

Vemos, por un lado, a quien la lleva con una dignidad casi paradójica: Messi. Y también a quien la está sufriendo frente a millones de personas, un tipo cuya cordura televisada estalla en vivo y en directo, como lo hizo el Challenger en 1986 en el cielo de Cabo Cañaveral: Cristiano Ronaldo.

La crisis de los 40 ha sido muy (y muy bien) tratada en la literatura por su potencial tragicómico: trágico, por la caída de la carne y la conciencia de la mortalidad; cómico, porque la viven los privilegiados. Los tiempos, además, han cambiado: en las novelas de Hemingway o Fitzgerald los personajes parecen cuarentones, pero en realidad solo tienen 25 años, exactamente lo contrario de lo que pasa con los de la narrativa contemporánea (lo mismo con los futbolistas: antaño, deportistas veinteañeros ya calvos y con bigote y con arrugas de guerra; ahora, cuarentones sin un gramo de grasa, sin vello, sin entradas, sin aparente voluntad de salir del campo).

Lo fascinante de este Mundial es que las dos mayores estrellas del último cuarto de siglo encarnan las dos maneras de arrostrar ese crack emocional “en la mitad de la vida, con la senda derecha ya perdida”, que diría Dante.

Por un lado, Messi tiene tan interiorizada su edad que, de forma indirecta, anula sus efectos. Se deja querer por los jóvenes a la manera de Papá Pitufo, avisa de que puede ser su último partido, admite que 20 años son algo más que los del tango (que no son nada). Ofrece un aspecto sanísimo, pero no manierista. Es el padre cuarentón que se cuida, sí, pero que se permite controlar el fuego de la barbacoa y pinzar una birra. Exhibe la madurez envidiable del presentador canoso de los telediarios. La lozanía de ese actor que anuncia tinte para el pelo, pero que siempre aparenta menos edad de la de su personaje. Como admite que tiene 40, la reflexión que despierta es: qué bien los lleva, no parece que los tenga. Su poder reside en el control de expectativas y en la autoconsciencia. “Un hombre no sabe cuáles son sus actos postreros: la última vez que nada en el mar, la última vez que hace el amor. Sin embargo, quizá en el punto medio de su vida, la única que tiene, Abbott sabe que ha intentado dar su última voltereta” (Chris Bachelder, en 'A propósito de Abbott'). O el último gol.

En el otro lado, Cristiano niega la edad, porque se cree al margen del tiempo, y es esa su condena mítica. Baños en hielo de madrugada, dieta estricta, cámaras hiperbáricas. Con todo eso consigue un físico fibradísimo, pero una elegancia de movimientos que, más que a Nureyev, remite a Robocop. Es ese físico esmerado hasta el delirio lo que despierta la sospecha: uno lo mira y piensa en los anuncios de Youtube sobre las bondades del Tai Chi sentado para mayores de 60 años. Se enemista con la juventud porque, para vivir él una segunda juventud, niega la primera de los otros (es decir, obstruye la felicidad de sus talentosos y jóvenes compañeros de equipo). Como invierte tanto esfuerzo en no envejecer, acaba hablando demasiado de no envejecer (y hacer eso, en fin, envejece). Si Messi es el actor que parece demasiado joven para anunciar un tinte para el pelo, Cristiano acaba siendo el protagonista de 'Muerte en Venecia' cuyo tinte se derrite en la playa. Es la genética contra la cirugía estética. Soberbio como solo lo son los inseguros, CR7 es el padre que en una pachanga en el patio del colegio roba el balón a su propio hijo, marca por la escuadra a riesgo de reventarle la cara a otro crío, grita Siuuu y luego, en la celebración, oye un crac en su rodilla. “Entonces Bennie se sacó del bolsillo una cajita roja esmaltada, pellizcó unos copos de oro y los echó en la taza. Había empezado aquel régimen después de leer en un libro sobre medicina azteca que estos creían que el oro y el café combinados garantizaban la potencia sexual” (Jenniger Egan, en 'El tiempo es un canalla').

Obviamente mi favorito es Messi, pero Ronaldo me despierta una gran ternura. Ambos fueron grandes jugadores, pero solo uno de ellos fue y es un genio que atraviesa no solo los campos y las temporadas, sino los milenios, como el Orlando de Virginia Woolf. Uno, héroe humano, lucha contra el tiempo. El otro, Dios del olimpo, nació con el don la eternidad.

Suscríbete para seguir leyendo