Opinión | El mar alrededor

Subdirectora de El Periódico
El verano de los ventiladores al cuello
Resulta inquietante que aún no nos tomemos suficientemente en serio la emergencia climática en espacios públicos, como el transporte, andenes de tren y metro, paradas en la calle de autobús sin marquesina. O en los horarios de agosto de los refugios climáticos.

Calor en Barcelona / David Zorrakino / Europa Press
Una de las más recientes incorporaciones a los ‘gadgets’ del verano son unos ventiladores pequeños que tienen forma de auriculares, no se ponen en los oídos, claro, sino que se llevan colgados alrededor del cuello, para aliviar los sudores de la cara. Vienen de Asia, como los tejidos cada vez más extendidos transpirables, o directamente que absorben el sudor y lo enfrían. También abundan ya los paraguas sombrilla para moverse por la ciudad, convertida en una isla de calor. Las olas de calor causan problemas para la salud física y mental, y a marchas forzadas vamos habituándonos a un escenario distópico que ha llegado para quedarse para siempre.
El concepto del estrés térmico explica un poco lo que vivimos. No solo sube la temperatura en el termómetro, la humedad que acompaña ese calorazo, la fuerte radiación del sol, y la falta de tregua, con días y noches encadenadas a temperaturas infernales, dan un cuadro bastante exacto de la frustración que sentimos al intentar adaptarnos a las nuevas condiciones climáticas.
El último estudio de ‘Nature’ pone cifras al fenómeno: calcula que ya contamos con hasta 50 días al año más con situaciones peligrosas de calor extremo, de entre 32 y 46 grados, sobre todo en España, considerado literalmente punto rojo en el mapa mundial.
La Agencia española de meteorología y el CSIC acaban de lanzar la Plataforma Estatal de Servicios Climáticos ,con la idea de facilitar el acceso a la información climática para la planificación y toma de decisiones, y eso está bien, porque suma en los esfuerzos para mejorar nuestra adaptación. Pero resulta inquietante que aún no nos tomemos suficientemente en serio la emergencia climática en espacios públicos, como el transporte, andenes de tren y metro, paradas en la calle de autobús sin marquesina. En hospitales que no garantizan ventiladores suficientes para garantizar el bienestar térmico, obligando al personal a llevar su propio material. En escuelas que no están bien preparadas para evitar los rigores del calor a los alumnos. En refugios climáticos que solo tienen el nombre, de refugio: no todo patio interior puede entenderse como un espacio seguro en condiciones extremas de calor, y los horarios de apertura de determinados recintos no están planificados para agosto, por ejemplo. Adaptarse no solo es informar de los riesgos, también es garantizar el cuidado ante uno de los mayores retos que afrontamos.
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