
Profesora de la UOC y periodista.
Cuando el feminismo se sienta en el banquillo
Resulta llamativo que, en una sociedad donde aún existen asesinatos machistas, agresiones sexuales, brechas económicas y una distribución desigual de los cuidados, la pregunta no sea si la igualdad sigue estando demasiado lejos

El feminismo toma las calles de Barcelona por el 8M
¿Ha llegado demasiado lejos el feminismo? Esa era la pregunta planteada en 'El Juicio' hace unos días. Un programa de La 2 en el que un tribunal popular, compuesto por personas de perfiles diversos, debate asuntos que atraviesan la sociedad española. Tras escuchar a varios testigos, donde yo estaba presente, la deliberación del veredicto dejó una sensación difícil de ignorar. Quien acabó sentado en el banquillo no fue el machismo. Fue el propio feminismo.
Resulta llamativo que, en una sociedad donde aún existen asesinatos machistas, agresiones sexuales, brechas económicas y una distribución desigual de los cuidados, la pregunta sea si el feminismo ha ido demasiado lejos y no si la igualdad sigue estando demasiado lejos. Estos días nos ha sorprendido la decisión de un jurado popular en el crimen machista de Leticia Talavera. Rebajó la pena del acusado por trastorno mental, aunque esto no quedó acreditado por la psicóloga independiente del juzgado. Así que una se pregunta cómo puede ocurrir, qué formación tienen los jurados populares cuando tienen que analizar un crimen machista. ¿Cuál es el nivel de la población en estos casos? ¿Tenemos las ideas claras? Para reflexionar sobre ello, tomo como referencia este programa de La 2, por la muestra representativa del jurado y el tema.
El jurado se retiró a deliberar, tras escuchar a varios testigos, si el feminismo era necesario. Y en ese debate, aparecieron todos los clásicos. Las denuncias falsas. Las cuotas. La supuesta criminalización masculina. La idea de que el feminismo mezcla temas. Especialmente significativo fue el momento en que una mujer aseguró conocer "muchas" que presentan denuncias falsas. No aportó datos. No recurrió a estadísticas oficiales. Bastó la experiencia personal. Sin embargo, cuando se habla de violencia machista sí se exigen constantemente cifras, pruebas y contextualización. Las mujeres deben demostrar. Los prejuicios solo necesitan ser pronunciados.
También resultó revelador observar cómo algunos participantes intentaban separar la violencia de género del feminismo, como si fueran cuestiones independientes. Como si el feminismo hubiera aparecido por generación espontánea y no para denunciar las violencias. Además, surgió el debate sobre las cuotas y la igualdad de oportunidades. Se defiende la meritocracia como si hombres y mujeres hubieran partido históricamente del mismo lugar. Como si los puestos de poder hubieran sido neutrales durante siglos. La realidad es que las cuotas no nacen porque las mujeres tengan privilegios. Nacen porque durante generaciones no los tuvieron.
No se cuestiona frontalmente a las mujeres, pero se cuestionan los mecanismos que intentan protegerlas. Ahí reside la sofisticación del discurso reaccionario contemporáneo, que ha impuesto este marco
No se discutía la realidad de esas desigualdades, sino la legitimidad del movimiento que las denuncia. Es un fenómeno extraordinario. El feminismo parece ser el único movimiento social obligado a ser fiscalizado para justificar permanentemente su existencia. Lo interesante es que casi nadie negó frontalmente la desigualdad. Supongo que por no quedar muy mal. Pero también porque ahora la cultura patriarcal que toda sociedad arrastra se manifiesta de otra manera.
Lo hace mediante dudas que solo se plantean en este tema, en sospechas sin rigor, en excepciones y desplazamientos constantes del foco. No niega directamente la desigualdad; pero la minimiza. No cuestiona frontalmente a las mujeres, pero cuestiona los mecanismos que intentan protegerlas. No rechaza la igualdad, pero discute las herramientas necesarias para alcanzarla. Ahí reside la sofisticación del discurso reaccionario contemporáneo, que ha impuesto estos marcos. Y han calado mucho en la sociedad. Por eso, ese jurado debatió más sobre la incomodidad que generan estas medidas y no alrededor de las desigualdades que intentan corregir.
Si ese programa sirve como termómetro, quizá deberíamos preocuparnos menos por si el feminismo ha llegado demasiado lejos. Y más por cuánto pesan los viejos mitos cuando toca analizar la violencia contra las mujeres. Tal vez el debate no demostró que el feminismo haya llegado demasiado lejos. Tal vez demostró algo mucho más preocupante: que todavía no ha llegado lo suficiente. Porque cuando esos marcos pasan del plató a una sala de justicia, las consecuencias ya no son una opinión. Son una sentencia con consecuencias.
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