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Los límites del relevo laborista

Ha habido una gran distancia entre las expectativas generadas en 2024 y los resultados obtenidos en el Gobierno

Keir Starmer dimite como primer ministro del Reino Unido: “Ha sido el momento de mayor orgullo de toda mi vida”

Andy Burnham obtiene el apoyo del laborismo para suceder a Starmer como primer ministro del Reino Unido

El primer ministro británico, Keir Starmer, a la salida de Downing Street.

El primer ministro británico, Keir Starmer, a la salida de Downing Street. / Europa Press/Contacto/Phil Lewis

La dimisión de Keir Starmer ha puesto fin a una etapa política iniciada en 2024 con la llegada del Partido Laborista al Gobierno tras catorce años de ejecutivos conservadores y ha culminado el desgaste de un liderazgo que, apenas dos años después de alcanzar una amplia mayoría parlamentaria, había terminado perdiendo el apoyo de los votantes, de su partido y de una parte creciente de su grupo parlamentario, una evolución que recuerda hasta qué punto el respaldo electoral y una sólida mayoría parlamentaria no bastan cuando se erosiona la confianza política.

Las causas de este desenlace han sido diversas, pero la principal ha sido la distancia entre las expectativas generadas por la victoria laborista y los resultados obtenidos en el Gobierno, a lo que se han sumado rectificaciones y tensiones internas que han debilitado la autoridad del primer ministro. Starmer llegó al poder prometiendo crecimiento económico, reducción de la inmigración irregular, mejora de los servicios públicos y recuperación de la confianza en las instituciones, pero los avances registrados no han bastado para consolidar la percepción de cambio. A ello se han añadido decisiones que han generado tensiones en el partido y entre parte de su electorado, como los intentos de recortar determinadas prestaciones sociales, así como controversias relacionadas con los regalos recibidos por el primer ministro y el nombramiento de Peter Mandelson, vinculado al caso Epstein, como embajador en Washington. La política exterior también ha contribuido al desgaste, ya que la posición del Gobierno respecto a Gaza e Irán ha generado críticas y pérdida de apoyos. Sin embargo, han sido los resultados electorales de mayo los que han precipitado la crisis. Los laboristas han retrocedido en las elecciones locales inglesas, han sufrido una derrota histórica en Gales y no han logrado cuestionar la hegemonía del nacionalismo escocés. La victoria de Andy Burnham en la elección parcial de Makerfield ha proporcionado una alternativa de liderazgo con suficiente respaldo parlamentario para hacer inviable la continuidad de Starmer.

Salvo sorpresa, Burnham asumirá la dirección del partido y del Gobierno durante el verano mediante una transición ordenada. El relevo abrirá una nueva etapa, pero no resolverá por sí mismo los problemas que explican el desgaste del laborismo. El nuevo líder deberá reconstruir la cohesión interna, recuperar apoyos en antiguos bastiones electorales y ofrecer respuestas a los desafíos económicos y territoriales del país, así como gestionar la deteriorada relación con Estados Unidos y profundizar el acercamiento a la UE en el post-Brexit. Y, además, tratar de contener el avance de Reform UK, que sigue ampliando su base electoral pese al incumplimiento de las expectativas asociadas a la salida de la UE y que refleja la persistencia del malestar económico, la desconfianza hacia las élites políticas, el desgaste de los partidos tradicionales y la creciente importancia de cuestiones como la inmigración y la identidad nacional. La sustitución de Starmer constituye una condición necesaria para intentar revertir la situación del laborismo, pero difícilmente será suficiente para modificar las dinámicas que han marcado la política británica durante la última década.