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Opinión | Turismo
Pablo Salvador Coderch

Pablo Salvador Coderch

Catedrático emérito de derecho civil. Universitat Pompeu Fabra

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Vecinos y visitantes

Barcelona es de quienes residen en ella, pero también de quienes nos visitan

El fotógrafo Steve McCurry se instala en el Palau Martorell con sus retratos de la gran familia humana

Exposición del fotógrafo Steve McCurry en el Palau Martorell de Barcelona

Exposición del fotógrafo Steve McCurry en el Palau Martorell de Barcelona / JORDI COTRINA

El Palau Martorell, en el número 11 del carrer Ample, es un edificio notable del arquitecto historicista Joan Martorell i Montells (1803-1906), uno de los maestros de Gaudí. Construido entre 1896 y 1900 y, tras muchas vicisitudes, hoy está alquilado a los empresarios Jaume Sabater y Xavier Pujol, protagonistas y víctimas del veto histórico del ayuntamiento local a su proyecto de traer a Barcelona una franquicia del Museo del Hermitage de San Petersburgo, tema siempre en discusión, pues bastantes vecinos de la ciudad temen, con razones que no se pueden ignorar, que los nuevos equipamientos culturales de Barcelona atraigan a más y más visitantes que acaben por echar de casa a los vecinos de siempre.

Barcelona es de sus vecinos, de quienes residen en ella, pero también de sus visitantes. Así, muchos de quienes vienen cada mañana a la ciudad lo hacen para trabajar en ella, y luego, al atardecer, vuelven a sus casas, fuera de Barcelona. No iremos a echar a los trabajadores. Además, gran parte de sus visitantes, digamos, puros turistas, son del país y vienen a pasar uno o dos días en la ciudad. Finalmente, otros son extranjeros, pero los más de ellos no causan peor mal que el de su sola presencia, la cual, ciertamente, puede ser agobiante en torno a lugares o monumentos históricos y a ciertas horas del día o de la noche. Más la fama creciente de la ciudad, la cual figura en muchos ránkings como una de las más atractivas y vivibles del mundo (véase, por ejemplo, www.worldbestcities.com), atrae a nuevos residentes cada vez más ricos, que expulsan a los locales, a los vecinos de toda la vida. Más de la cuarta parte de sus habitantes son extranjeros y, de estos, quienes son pobres compiten con nuestros vecinos menos favorecidos, empeorando sus condiciones laborales, mientras que los más pudientes echan a la clase media local de la ciudad. La pinza es así innegable. Algunos remedios previstos, como incrementar la oferta de suelo y de viviendas públicas, requieren tiempo, mucho más que el que resta para las dos o tres próximas elecciones; y otras soluciones, tales como la defensa de una pretendida prioridad nacional, son tan impresentables como impracticables: ya he escrito que muchos de los nuevos residentes son del país. Luego, la noción de no abrir más equipamientos culturales o de no mejorar los existentes es envidiosamente pequeña, simple mezquindad. Si el remedio de Barcelona es empobrecerla, mal andamos.

Estos días, el Palau Martorell presenta una exposición de fotografías titulada 'Icons Steve McCurry', con 150 imágenes del gran fotoperiodista Steve McCurry (1950). La más célebre es la fotografía tomada en 1984 de Sharbat Gula, una niña afgana refugiada en Peshawar, Pakistán. Publicada en la portada de la edición de 'National Geographic' de junio de 1985, sus ojos verdes mirándonos de frente entraron en la historia. Hasta hoy. Paradójicamente, Sharbat Gula vio su fotografía por primera vez en 2002, cuando vivía, refugiada de nuevo, en Italia y, fama aparte, su retrato de entonces es actualmente el centro clásico del debate sobre la representación del sufrimiento, la comercialización de las emociones y la explotación de los despojados de este mundo, o de modo acaso más pedante, del colonialismo cultural.

En países como España, las personas son dueñas de su imagen y pueden impedir su reproducción o divulgación, salvo que sean personajes públicos o aparezcan de manera accesoria en un acontecimiento público, o lo protagonicen. Aunque incluso un personaje público -como ocurrió en un caso que afectaba a la actriz Penélope Cruz- tiene derecho a que su imagen sea respetada cuando es captada en un momento de su vida privada, sin exposición pública alguna.

Desde hace algún tiempo, ciudades turísticas por antonomasia, como Venecia, cobran un canon turístico a sus visitantes diarios y lo mismo hace Barcelona, que cobra una tasa variable, pero generalmente de cinco euros por persona y noche, hasta un máximo de siete noches. Ocurre que no son tasas disuasorias. Otra medida, reducir las terminales portuarias de cruceros de siete a cinco y cobrar 8 euros a los viajeros en tránsito de menos de doce horas podría frenar visitas fugaces y poco rentables para la ciudad y sus gentes. Los resultados están por ver.

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