
Diputado del PP en el Congreso de los Diputados
La mejor Barcelona
Al ver la majestuosa ceremonia presidida por el Papa en la Sagrada Família y la admiración que ha suscitado en el resto de España y el mundo, los barceloneses hemos vuelto a creer en nosotros
León XIV bendice, en catalán y castellano, la Torre de Jesús de Gaudí, en un acto culminado por un espectáculo soberbio

La figura de Gaudí, dibuixada amb drons al cel, durant l’espectacle visual a la Sagrada Família. | MANU MITRU
La visita del Papa León XIV a España nos deja imágenes impresionantes de multitudes en las calles que cuestionan la célebre frase de Azaña, que hace ya casi cien años decía que España había dejado de ser católica. Visto lo visto, cabe concluir que España sigue siendo un país esencialmente católico, mal que les pese a los guardianes del rancio anticlericalismo que domina nuestro debate público.
El viaje del Santo Padre a nuestro país ha sido un éxito, tanto en Madrid como en Barcelona y Canarias, pero quizá el punto álgido de la visita haya sido la inenarrable ceremonia de inauguración de la Torre de Jesús de la Sagrada Família. El mundo, por fin, ha vuelto a mirar a Barcelona con abrumadora admiración, y lo ha hecho con tal intensidad que los barceloneses hemos recuperado estos días sensaciones que creíamos olvidadas desde los Juegos Olímpicos de 1992, considerados por el propio Comité Olímpico Internacional los mejores del siglo XX.
Las Olimpiadas supusieron un antes y un después para Barcelona y el conjunto de España. La joven democracia española presentaba sus credenciales ante el mundo, gustaba y se gustaba, y Barcelona se convertía en orgullo de los españoles. Los barceloneses que crecimos al calor del influjo olímpico recordamos con nostalgia aquellos días en que Barcelona era objeto de alabanza unánime en toda España.
De ahí que, al ver la majestuosa ceremonia presidida por el Papa en la Sagrada Família y la admiración que ha suscitado en el resto de España y el mundo, los barceloneses hayamos vuelto a creer en nosotros y en la posibilidad de hacer las cosas bien. Por cierto, también reconforta constatar las ganas que había en el resto de España de volver a alabarnos por ello, en contra de lo que dicen quienes viven de alimentar el victimismo y el agravio entre los catalanes y el resto de los españoles.
Con la imagen de Gaudí dibujada en el cervantino cielo jocundo de Barcelona, contemplando orgulloso la culminación de su obra, Barcelona ha demostrado que puede volver a ser la que fue, tras años de decadencia al albur de proyectos políticos autolesivos que aún siguen lastrando las potencialidades de la capital catalana.
Con todo, no deja de resultar revelador que este fogonazo tan esperanzador para Barcelona haya llegado a lomos de una institución como la Iglesia, tan injustamente denostada por la opinión prevaleciente en nuestros días. La ceremonia de la Sagrada Família fue un ejemplo de continuidad, mesura y 'seny', tres de los cuatro atributos que el gran filósofo catalán Ferrater Mora atribuye a la catalanidad. El cuarto, la ironía, lo encontramos, precisamente, en el hecho de que haya sido el poder espiritual el que haya sacado del marasmo a la Barcelona entregada por el poder temporal al narcisismo de la pequeña diferencia.
Ni que decir tiene que la Sagrada Família nunca hubiera visto la luz sin el genio creativo de Gaudí, la 'rauxa' que el propio Ferrater Mora -igual que otros prohombres catalanes como Vicens Vives- considera contrapunto complementario al 'seny', que tanto se ha admirado siempre en el resto de España.
Ojalá las sensaciones que deja la visita del Papa tengan continuidad, y la admiración sincera que ha vuelto a despertar la mejor Barcelona en el conjunto de España no se diluya ni quede enturbiada por la inclinación de algunos cenizos a plantearlo todo en clave de confrontación entre Barcelona y Madrid. No hay necesidad de atacar a la una para elogiar a la otra, y viceversa, como no hay necesidad de reducirlo todo a una discusión estéril y bizantina entre partidarios de la 'carn d’olla' y del cocido madrileño. Ya hemos hecho suficiente el ridículo. Volvamos todos juntos a las cosas, que diría Ortega. España entera lo agradecerá.
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