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El gallo de Portugal
Necesitamos parámetros y fronteras para medir el tiempo. Esta es quizás la característica que nos hace humanos, la más nítida, porque la falta de límites nos abocaría a una existencia caótica

La inauguración del Mundial de Fútbol 2026. / Mario Guzmán / EFE
Tengo un amigo que disfruta de una memoria infalible y que es capaz de recordar fechas y eventos de hace tiempo sin dudar ni un momento de los detalles. Tiene un truco. Todo lo refiere en relación a los Mundiales de fútbol. Sabe lo que hacía, claro, cuando Maradona marcó el gol del siglo en México-86, y también cuando se alzó en el cielo la mano de Dios y puede evocar la final de aquel campeonato y todas las demás finales, hasta la primera década del siglo XXI. Los Mundiales le han servido para recordar inicios y finales de los amores que vivió, de las casas que habitó, de los contratos que firmó y, en definitiva, de la vida que vivió, ellos y quienes le rodean. Le puedes preguntar cuándo fue que dejó su trabajo y se estableció por su cuenta, o en qué fecha se sacó el carnet de conducir. Te dirá, pongamos por caso, la tarde en la que Rossi marcó tres goles a Brasil, en Sarrià, que es una manera de decir que todo se puede explicar si hay un Mundial de por medio.
Necesitamos parámetros y fronteras para medir el tiempo. Esta es quizás la característica que nos hace humanos, la más nítida, porque la falta de límites nos abocaría a una existencia caótica. Lejos de los meteoros y de las fases lunares, los humanos nos hemos inventado hitos en los márgenes del camino. Y ninguno tan poderoso como los Mundiales, que nos sirven, cada cuatro años, para medir dónde estábamos y quiénes éramos, y dónde estamos y quiénes somos.
Las grandes hazañas deportivas, los goles en el último minuto de la prórroga, el estallido inesperado de un jugador, la confirmación de un talento emergente o el último baile de una estrella, el Triunfo y la Catástrofe, que, como decía Kipling, son igual de impostores, todo ello no deja de ser el escenario inevitable, necesario, de la reconstrucción íntima que intentamos renovar en cada Mundial.
A una cierta edad, seguramente se ha desvanecido el sueño infantil, esa tierra prometida. Sabemos demasiadas cosas. Sabemos la chulería de Trump y el irritante vasallaje de la UEFA hacia una prepotencia que insulta y expulsa; sabemos que cuenta más el negocio (como estas interrupciones antifutbolísticas en mitad de cada parte) que la ilusión ingenua. Pero nos quedan esos Mundiales infantiles. Como el mío de 1966 donde era portugués, del equipo del gran Eusébio. Perdió en semifinales contra la Inglaterra de Bobby Charlton, pese al gol de la Pantera Negra a diez minutos del final. No sé si por la euforia de la remontada quebrada o por la confirmación de la derrota, un gallo de Barcelos, de esos tan coloridos, con el pico amarillo y la cresta roja, voló desde el mueble donde lo teníamos expuesto al suelo. Se desmenuzó. Tratamos de rehacerlo. Era un gallo portugués que mi padre nos había traído de regalo de su viaje a Lisboa. El gallo que rememora el milagro del hombre inocente que fue condenado injustamente a morir en la horca y que anunció que demostraría la inocencia cuando el gallo que el juez estaba a punto de comer, ya asado, acabaría cantando. Ese gallo de Barcelos que todavía canta en el milagro de la memoria de los Mundiales.
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