
Periodista y escritor
Rostro de Papa
Este papa tiene el alma extranjera, pero aquí se ha comportado como un peninsular, como un catalán y como un canario. Loado sea el Señor

El papa León XIV en el Congreso de los Diputados / José Luis Roca
El Libro de Estilo de este diario explica que al Papa, es decir, el Santo Padre, se le debe llamar con mayúscula, pero con minúscula si no hablamos de un papa concreto, o si esta palabra antecede a su nombre. Pero ¿de qué manera debe uno llamar al Papa anteponiendo la palabra rostro? Rostro de papa: ¿papa o Papa? Aquí el Libro de Estilo ha de permitirme decir 'Rostro de Papa'.
Hemos visto ahora esa cara, la cara de un papa, o del Papa, tantas veces como nos ha dado la gana. Las radios y las televisiones, laicas y no laicas, las serias y las menos serias, se han lanzado a esa cara en todas sus dimensiones. La cara es el espejo del alma, se dice. Este papa tiene el alma extranjera, pero aquí se ha comportado como un peninsular, como un catalán y como un canario. Loado sea el Señor.
Alguna vez vi al Papa enfadado, contrariado, como si algo fuera mal en las distintas zonas de su alma. Y eso me llevó a pensar en el alma de este papa, del Papa. ¿Cómo será? ¿Cómo resiste este hombre, con esa sonrisa que muestra, a todo aquello que debe irle surciendo por dentro?
Este papa, que es norteamericano, y cuyo trabajo transcurre sobre todo en esta Europa en la que convivimos, ha tenido que explicarse ahora en las lenguas de la Península Ibérica. Otros no vinieron con esa divisa. Y eso lo ha obligado, por ejemplo, a escuchar a dos diputados (una es diputada, el otro, que además es periodista, es también senador) explicándole como a un colegial lo que tendría que hacer mientras hablara en Barcelona tras su escala madrileña.
La diputada le debió decir lo mismo que el senador: Santidad, usted tendrá que hablar en Barcelona con la lengua en la que hablamos nosotros desde hace siglos, por lo menos desde que Catalunya es lo que es, que es siempre. Así que haga el favor de imponerse allí con la lengua que hablamos nosotros. El Papa dio la impresión de que decía sí. Siempre decía sí, aunque tuvo varios soslayos. A veces no dijo sí.
En los dos casos, en el de la representante y en el del senador, le dijeron más o menos lo mismo. Observé que la primera usó una risa, o una sonrisa, que se parecía a la sonrisa más o menos perenne del Papa, mientras que el senador, el también periodista catalán, decidió ir por lo solemne. Explicaba con pasión, usando los dedos para resolver la posible duda del inmediato visitante a la capital de Catalunya. El hombre parecía otro papa, pero más caliente.
Allí no se oyó nada, pero resultaba evidente que el periodista ahora senador le estaba dando una lección que el Santo Padre no debía olvidar jamás, o se iba a enterar de lo que terminaría diciendo el jefe de Waterloo. Cuando ya se produjo el encuentro con Catalunya y el Santo Padre dijo lo que tenía que decir (en catalán), los dos representantes catalanes en el centro del reino se congratularon ante el hecho (cierto) de que el Papa usara un catalán más bien reaprendido pero catalán al fin.
En momentos sucesivos de este viaje del santo padre a Catalunya, y teniendo en cuenta que en el país de Guardiola se habla también en otras lenguas, entre ellas el castellano, el Papa hubo de expresarse en el idioma que también nos junta a extranjeros de América, que viven con nosotros y que por cierto deben ser tan bienvenidos (y lo son, seguro), y canarios del sur como lo somos nosotros mismos cuando hemos ido y venido a países como Argentina, México, Venezuela… o Catalunya. Y bien que hemos ido a esos lugares de esas lenguas que son también las nuestras…
Observé, cuando el papa actual empezó a dividir la lengua catalana de la lengua de los que viven como emigrantes, que los que habían respirado hondo cuando el Papa habló en la lengua de Gaudí no se sentían tan queridos como cuando habló de la lengua, por ejemplo, de Elena Poniatowska.
Viví esos momentos con cierta señal de desdicha, porque yo mismo hablo catalán, cuando puedo o cuando canto (a Raimon, a Serrat) y jamás he sentido que cuando lo hago lo único que hacen los amigos catalanes es reprenderme los sonidos pero nunca me reprenden las barbaridades del acento. El Papa, en fin, habló en catalán y en español. En Canarias, sin embargo, nadie le afeó que no hablara en guanche, que entre nosotros también tiene su gramática además de su historia.
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