
Presidente del Cidob
El Papa y los emigrantes
La visita del Pontífice ha dado apoyo a la política internacional, de defensa de los derechos humanos y de inmigración del Gobierno de Pedro Sánchez
El acto de la Sagrada Família se convierte en la mejor campaña de promoción de Barcelona desde los JJOO
Entra en vigor el Pacto sobre Migración y Asilo que blinda las fronteras de la UE: estas son las claves

Leonard Beard / 5
El Papa León XIV ha recorrido España, Madrid, Barcelona y Canarias, con una coherencia rara en un viaje apostólico y una interpelación política tan incómoda como necesaria sobre la cuestión migratoria.
El momento cumbre fue en la Sagrada Família, inaugurando la torre la más alta del mundo entre los edificios religiosos y coincidiendo con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Juan Pablo II la visitó como un esqueleto en obras, Benedicto XVI la consagró como basílica y León XIV la ha culminado. Europa necesita también momentos en que se termina una construcción paciente a lo largo de décadas, o se la reconstruye como Notre Dame salvada de las llamas, a contracorriente del ruido diario, como una metáfora del proyecto de Unión Europea. Lanzando una llamada a proyectarnos más allá del siguiente ciclo electoral.
La visita del Papa ha dado apoyo a la política internacional, de defensa de los derechos humanos y de inmigración del Gobierno de Pedro Sánchez, a contracorriente de la dominante en Europa. En un ambiente político tan enrarecido y polarizado, el respaldo moral de un pontificado al rechazo a la guerra y a la acogida al migrante, reconoce a España como excepción en un continente que endurece sus políticas migratorias.
En el puerto de Arguineguín, que en 2020 se ganó a pulso el apodo de "muelle de la vergüenza", frente a voluntarios, migrantes y el propio presidente del Gobierno, León XIV ha afirmado que la dignidad humana no tiene pasaporte ni se pierde al cruzar una frontera. Ha preguntado si Europa ha sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia. Son palabras que habría que releer en las capitales europeas
Y, sobre todo, en Bruselas, dónde estos días—precisamente, este 12 de junio— ha entrado en vigor el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo, que introduce procesos acelerados de expulsión y centros de internamiento fuera del territorio de la Unión en países terceros, donde en la práctica no se reconocen los derechos humanos. Una novedad con respecto a lo pactado en 2023. Se ha aprobado en el Parlamento gracias a la alianza del Partido Popular Europeo con la extrema derecha. Cuando el partido de Adenauer y Schuman —que construyeron Europa desde la doctrina social de la Iglesia— vota con el populismo xenófobo y euroescéptico, algo estructural ha cedido en el proyecto europeo. Como han dicho algunos, parece que en esto también Trump pone la música y Europa la letra.
Hay una realidad demográfica que se oculta: sin migración ordenada, Europa no puede frenar su envejecimiento, ni sostener su modelo social ni su sector agrícola
La cuestión migratoria es, hoy, el principal disolvente político europeo. La cuestión más tóxica, en la que las percepciones personales y la manipulación política choca con la realidad sociológica. Divide a los gobiernos, divide a los partidos, divide a la sociedad. Divide a la Catalunya rural de la Barcelona cosmopolita, divide a Belfast o a las periferias de Lyon y París. Decidirá el futuro de Europa porque de ella depende el resultado electoral en muchos países. No hay respuesta fácil y las demagogias no lo son. Pero hay una realidad demográfica que se oculta: sin migración ordenada, Europa no puede frenar su envejecimiento, ni sostener su modelo social ni su sector agrícola.
El continente que envejece más rápido del mundo no puede, al mismo tiempo, cerrar sus puertas y mantener sus pensiones, su producción y fijar población en el territorio. Según Eurostat, hoy en Europa los de más de 80 años son el 6% de la población y a finales de siglo serán el 16%. Para entonces, Europa habrá perdido 50 millones de habitantes, el 12% de su población. Y si la fecundidad sigue disminuyendo, sin inmigración se perderían nada menos que 160 millones. El número de personas en edad de trabajar, por cada una de más de 65 años, pasará de 3 a 1,5. En España, en cambio, la inmigración es parte importante del crecimiento económico y del relanzamiento demográfico, lo que le permitirá superar a Italia y ser el tercer país más poblado de la UE.
El Papa lo ha dicho mejor que nadie ha sabido explicarlo antes: "No podemos acostumbrarnos a contar muertos". Europa tampoco puede permitirse la pérdida acelerada de mano de obra y población. El Papa nos ha dado, a creyentes y agnósticos, un espejo para mirarnos en él. Ver la realidad y construir políticas para cambiar la imagen.
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