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Opinión | Visita histórica
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

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Los discursos del Papa

Los siete minutos de aplausos que le dedicó todo el hemiciclo en pie a su discurso explica que algo debió impactar en sus señorías

El Congreso despide al Papa con una ovación histórica tras un discurso con recados para todos

Madrid. 08.06.2026. El Papa León XIV en el Congreso de los Diputados

Madrid. 08.06.2026. El Papa León XIV en el Congreso de los Diputados / José Luis Roca / PIM

Llevo varios días preguntando a personas ligadas con el Vaticano y con la visita del Papa León XIV quién ha escrito los discursos que está pronunciando en España. No es que Robert Francis Prevost no pueda hacerlo personalmente. Pero lo normal es que las grandes personalidades tengan a redactores ordenando las ideas y eligiendo las palabras justas para explicar un contenido adecuado. Los discursos del Papa están construidos al milímetro. No sobran palabras y se dirigen al máximo de oyentes, sean feligreses o ciudadanos fuera de la iglesia.

De todos los pronunciados, el más importante fue el que iba dirigido a los representantes de los ciudadanos elegidos democráticamente: los diputados. Ser diputado no es una cosa cualquiera. Los hay de muchas corrientes, pero todos lograron su silla a través de los votos. No es baladí.

Sus palabras iban a ser las de un líder de fe, elegido por los líderes (cardenales) de esa fe que representa la religión con mayor presencia en el mundo. Por lo tanto, en la Mesa del Congreso no estaba un político, aunque sea el jefe de Estado de un diminuto país hecho ciudad, sino un líder espiritual. Y así, en el tercer párrafo, afirmó: “En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”. Era solo el inicio. Diferencias que se escuchan, se ordenan y, solo si es posible, se convierten en una decisión (ley) que será compartida por todos. Sencillo. Pero prosiguió para poner el énfasis en que “más allá de las divergencias”, existe una pregunta: ¿desde dónde actuamos?; ¿desde qué punto de vista?; ¿desde qué concepción humana?

La pregunta tiene un peso profundo. Tanto como obligarles a los diputados para que reflexionen sobre desde dónde hacen sus políticas, ya no tanto para quién. Solo un líder de fe puede atreverse a hacer una pregunta así que no debería tener una respuesta, sino una reflexión.

Pero León XIV prosiguió utilizando en su discurso la Escuela de Salamanca de hace 500 años. “Contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional”. Una referencia histórica para hablar del presente. Todo dicho en un momento.

Los siete minutos de aplausos que le dedicó todo el hemiciclo en pie a su discurso, con muchas más ideas que las aquí citadas, explica que algo debió impactar en sus señorías. La pregunta es si se quedaron solo con aquello que les daba la razón o también sobre lo que se las quitaba. Déjenme pensar.

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