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Opinión | Selectividad
Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Profesora de la UOC y periodista.

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Si volvieras a hacer la PAU, ¿qué carrera elegirías?

A los jóvenes solo me atrevo a decirles que, si tropiezan o nada sale como esperaban, la vida da muchas vueltas

Inicio de la selectividad el año pasado en el Campus Ciutadella de la UPF, en Barcelona.

Inicio de la selectividad el año pasado en el Campus Ciutadella de la UPF, en Barcelona. / Jordi Otix / EPC

Si volvieras a hacer la PAU, ¿qué carrera elegirías? Llevo unos días de crisis, haciéndome esta pregunta mientras veía las noticias de los exámenes. Eso sin saber que uno de mis artículos publicados en este periódico sería elegido para la PAU del País Vasco. El texto reflexionaba sobre las tareas domésticas y la implicación de los hombres en los cuidados. Tuve dos sensaciones.

Una, saber que la juventud iba a reflexionar sobre ello. Que las chicas entiendan que no nacieron para sostener solas los cuidados y que valen para lo que se propongan. Y que los chicos comprendan que la igualdad también se construye fregando platos o tirando la basura. Lo escribí pensando en mi madre, como tantas. Con toda una vida (incluso en sus sesiones de quimio) pendiente de la casa.

La segunda, reflexioné sobre qué sensaciones tendría esa juventud. Solo me atrevo a decirles que, si tropiezan o nada sale como esperaban, la vida da muchas vueltas. Que no permitan que nadie les haga sentir pequeños por venir de una familia humilde o por estudiar en la pública. El talento también está en los barrios trabajadores, en las bibliotecas y en las casas donde falta el dinero, pero nunca las ganas de salir adelante. Que aquí, servidora, fue a una selectividad en una época oscura y angustiosa. Donde pagar las 9.400 pesetas de la matrícula era un esfuerzo enorme. Donde hice el examen pensando qué pasaría con nuestra casa. Con la presión de conseguir más de un siete para hacer periodismo en Málaga, porque no había dinero para ir a otra provincia con menos nota. Y fui a la universidad solo porque tuve matrícula de honor. Que luego tendría un accidente en la beca que marcaría mi precariedad en una tele durante años. Que vendría la crisis económica y el paro. Que me despedí del periodismo. Que agoté el paro. Que no me daba para el autónomo. Que terminé escribiendo libros de boda. Pero que no cesé en buscar hasta debajo de las piedras. Que mi tesis, de la que se rieron algunos jefes de redacción, me salvó para llegar a la UOC, en Barcelona. Que no fui profeta en mi tierra. Que en EL PERIÓDICO tendría a Joan, a Ernest o a Olga, que me invitaron a escribir sin conocerme. Iñaki Gabilondo me escribió cuando empezaba: “Ten valor”. Es lo que les recomiendo.

Con 17 años, en selectividad, analicé 'La casa de Bernarda Alba', de Lorca, en mi examen de Literatura. Jamás imaginé que con 40 años escribiría una trilogía sobre él. Igual que jamás pensé que una columna mía estaría un día en una PAU junto a Carmen Laforet y un poema de Antonio Machado, casualmente, dedicado a mi Federico. Ahora, en días en los que pregunto hasta cuándo podré seguir, reconforta comprobar que lo que se escribe sirve de algo. Que siempre hay alguien que lee y valora el mensaje en estos tiempos.

A quienes esperan las notas, pues sí. La nota importa, pero que si no sale, que eso no les robe las ganas ni la resiliencia. La vida no siempre sale como la imaginamos a los 18 años. Pero, a veces, encuentra maneras inesperadas de dar respuestas.

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