Opinión | Noche urbana

Periodista
Hola, Barcelona

Una gasolinera en una fotografía de archivo. / Jordi Otix / EPC
El jueves, a la misma hora que los asistentes del Primavera Sound se retiraban con sus estilismos festivaleros calados de arriba a bajo, yo asistía a otra coreografía, presumo que también muy barcelonesa. Tenía que cargar el vehículo eléctrico para poder llegar a casa, algo a lo que la nocturnidad le da un plus de emoción.
La aplicación me indicó un poste de carga a pocos quilómetros, en la Ronda de Dalt. Un punto solo en medio de toda la ronda. Lógico, estaba ocupado. Veinte minutos, me dijo el conductor. Estuvo cincuenta. Se hicieron la una de la madrugada, pero no tuve ni un segundo de aburrimiento.
Esa gasolinera resulta ser un punto de encuentro de paseantes de altas horas, solitarios y desconfiados, sospechosos los unos de los otros. Detrás de la marquesina para pagar, bosque oscuro, las montañas que delimitan la ciudad. Conté una cincuentena de personas y sólo tres mujeres. Las tres, encerradas. Yo en mi coche, la trabajadora de la gasolinera, tras los cristales reforzados de la tienda y zona de cobro. La tercera, apostada en el baño de mujeres al que entraban, sin que pueda aportar más detalles, sólo hombres. Como si el de hombres estuviera estropeado y ellos tuvieran que hacer sus necesidades en el de mujeres con una mujer dentro. Pasó una patrulla de los Mossos, compraron algo en la tienda y se fueron. Pareció que la música se paraba. Un chico, con la espalda pegada a la pared, sacó la cabeza para ver si ya se habían ido. Después se fue él, andando, con las manos en los bolsillos. Fuera del alcance de las luces de la gasolinera, se adentró en la noche. ¿A qué había venido? Entró un nuevo vehículo en el recinto y paró delante de un poste de carga. El hombre andaba con urgencia, parecía tener prisa por evacuar y estar llegando al límite. Para mi sorpresa, ni intentó abrir la puerta del wc de hombres. Picó al de mujeres, la señora abrió y él entró. Estoy segura que el joven que había entrado antes no había salido. De la noche, llegaron tres jóvenes con los pantalones por debajo del culo, andaban con esa pretendida seguridad. Pensé en Danny Zuko haciendo equilibrios entre sus amigotes y Sandy. Compraron chicles y saludaron a un señor muy mayor y muy fuera de horas. Uno de ellos le dio algo. ¿Un chicle? Me reí sola y por un momento me pregunté si los cristales de mi coche soportarían una bala perdida. ¿Qué ciudad empieza cuando acaba la nuestra?
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