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Opinión | Gárgolas
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El Papa nos visita

Habrá momentos para todo. Para la meditación y el mensaje, para la confrontación política y también para la polémica. La más reciente, la del catalán

El Papa sí hablará en catalán en la bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Família

El Papa León XIV

El Papa León XIV / Stefano Spaziani/EUROPA PRESS

Una visita tan destacada como la del Papa a la fuerza tenía que convocar todo tipo de opiniones, entusiasmos, rechazos, elogios y animadversiones. He leído no sé dónde que hay organizaciones laicas o ateas que prevén realizar actos de rechazo a la llegada del pontífice. Es probable, visto cómo van las cosas, que sindicatos de maestros y profesores también aprovechen el escaparate de un acto singular para que su voz tenga más eco. Ya casi no nos acordamos, pero la visita de un Santo Padre es mucho más que un jefe de Estado que llama a la puerta. Más allá de su condición de estadista, León XIV actúa como cabeza visible de una confesión que todavía tiene un enorme predicamento en nuestra sociedad y que también está en la base de la cultura popular y, no lo olvidemos, del calendario laboral. Es decir, que venga un Papa implica una cantidad desorbitante de detalles a tener en cuenta. No sé si los papas que viajan tienen conciencia del follón fenomenal que supone su presencia lejos del Vaticano.

En la visita de la próxima semana habrá momentos para todo. Para la meditación y el mensaje (más aún, después de la ya tan comentada encíclica 'Magnifica Humanitas'), para la confrontación política (que estará ahí, con todo el revuelo montado en la capital del Estado) y también para la polémica. La más reciente, la del catalán. Es decir, el uso que León XIV hará de la lengua propia del país que visita cuando aterrice en Barcelona, vaya a Montserrat, hable en la prisión y en el Raval, diga misa en la Sagrada Família y bendiga la cruz de la Torre de Jesús.

Estos días se ha hablado mucho de todo ello. En un programa de humor, 'La Competència', el imitador del ocultista Sebastià d'Arbó, avisaba que si el Santo Padre hablaba en castellano el espíritu del difunto Antoni Gaudí se elevaría desde la cripta para, nunca mejor dicho, poner el grito en el cielo. Hemos recordado que Gaudí fue detenido por la policía de la dictadura de Primo de Rivera, hace poco más de cien años, porque se negó a contestar a las fuerzas del orden en castellano: “La professió d’arquitecte”, dijo, “m’obliga a pagar contribució i ja la pago, però no a deixar de parlar la meva llengua”.

Se anunció una presencia exigua del catalán en la misa papal y también que la bendición de la torre más alta se haría entera en castellano, pero parece que la diplomacia vaticana (o la presión de autoridades como Joan Planellas, arzobispo de Tarragona, y Octavi Vilà, obispo de Girona, o las gestiones de Illa, católico convencido), han conseguido rectificar la que conocíamos como primera versión. La Iglesia, en Catalunya, ha vivido etapas de todo tipo. Fue fundamental en el mantenimiento de la lengua catalana en las épocas más oscuras (sobre todo a partir del Vaticano II) y después ha tenido obispos con una clara vocación catalanista y con concilios de la Tarraconense donde la reclamación de la dignidad nacional estuvo muy presente. Aún lo es entre algunos prelados. Las cosas, en la casa de Dios, que es también de este mundo, son complicadas. Veremos cómo acaba todo. Que Él haga más que nosotros.

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