
Arquitecto
Mejor viviendas que oficinas
Si bien el 'coworking' aporta una oferta interesante y en principio democratizadora, su expansión sin control acabará siendo perniciosa
Barcelona estrena el mayor edificio de 'coworking' del sur de Europa

Oficinas 'flex' de Lexington recién estrenadas en el paseo de Gràcia, donde han abierto una veintena de coworkings / Manu Mitru / EPC
'Coworking', 'coliving', 'cohousing', 'coplaces',… desde el mundo anglosajón nos ametrallan con nuevos modelos laborales y de convivencia. Aparentemente propuestas innovadoras que van a facilitarnos la vida. A menudo simples reclamos comerciales para negocios 'fast'. Las experiencias de espacio compartido para el trabajo se iniciaron en Alemania y tenían un marcado carácter alternativo. La ventaja era compartir, a bajo coste, no solo mesas, sino mentes y actitudes para generar mejores resultados. En Estados Unidos se inventaron la palabra 'coworking', con cierto trasfondo 'hippy' cooperativista. Pero la globalización nómada lo fue trasmutando en mera explotación del metro cuadrado, para un servicio que en realidad no es tan barato, pero sí inmediato y flexible, como marcan los tiempos.
Mientras el 'coworking' invadía las obsoletas naves del 22@ en Poble Nou a todos nos hizo gracia: unos jóvenes que no tienen para alquilarse una oficina, lo pintan todo de blanco, cuelgan unas plantas, ponen un futbolín y wifi. Pero cuando han empezado a extenderse y se han sofisticado, surgen los problemas. Sobre todo, si empiezan a proliferar en el densificado y turistizado Eixample. Un lugar donde, en su parte derecha, casi el 70% de la oferta de viviendas es de temporada. Y van estrechamente ligadas al 'coworking', por su oferta para 'expats' de alto poder adquisitivo de paso en Barcelona. En el paquete van los archifamosos 'brunches' y cafés de especialidad –en tomarte el pelo–, que desertizan el comercio doméstico. Es el proceso de “elitización” de ciertos barrios, que hasta la pandemia aún resistían manteniendo cierta mezcla social, típica de nuestra ciudad.
Si bien el 'coworking' aporta una oferta interesante y en principio democratizadora –como se le suponía a Uber o Airbnb–, su expansión sin control acabará siendo perniciosa. Recordemos que Collboni anunció hace apenas un año la intención de convertir oficinas en viviendas, que es la urgencia. Y no hace falta que sean 'coalgo', sino viviendas, normales, de vecinos.
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