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Opinión | Bandera
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica. Miembro del Comité Editorial de EL PERIÓDICO

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El liderazgo de Felipe VI

El rey demostró, en centésimas, saber lo que se tenía que hacer. No estaba ensayado, ni previsto

La reacción del rey Felipe VI tras la caída de la bandera en el Día de las Fuerzas Armadas

La reacción del rey Felipe VI tras la caída de la bandera en el Día de las Fuerzas Armadas

Javier Vendrell Camacho

Un tema recurrente en los tiempos que corren es hablar de liderazgos y líderes. La pregunta siempre es la misma: ¿qué es un líder?; o lo que es más comprometido: ¿cómo se descubre a un líder? Lo cierto es que no es fácil. Lo que para unos es una clara evidencia, para otros es la mayor tontería del mundo. Pero existen dos detalles para descubrirlos: actúan con rapidez y aciertan a la larga. Y no es contradictorio.

Los que muestran mantener un interés propio, resolutivo y acertado en momentos tensionados -este último detalle es importante- son líderes evidentes que, sin pensarlo, actúan según el interés general, superando las críticas.

El pasado domingo, en el desfile militar del día de las Fuerzas Armadas, al Rey se le cayó la bandera. Es un resumen en una frase sencilla, pero la situación tiene mucha enjundia y preocupación. Rodeado de 'indepes' como estoy, el momento les debió resultar jocoso y divertido. Para aquellos que no comulgan con el estamento militar, ni con la Corona, fue una demostración de cómo se desvanecen estas instituciones. Pero superada esa fase de cachondeo, y más en España, la realidad es que el símbolo más importante de un Estado, y mientras sonaba el himno, se desvanecía justo en el momento más importante de la ceremonia y trasmitido en directo a todo el país.

Nuestra realidad está marcada por las imágenes editadas por un realizador. Siempre es así. Es un punto de vista. Se trata, en definitiva, de lo que nos llega si no hemos estado en el lugar donde se ha producido el hecho. En ese momento las cámaras enfocaban la bandera ascendiendo, como es habitual, y de inmediato desplomarse, como nunca ocurre. Un cambio de plano afortunado nos mostró la sorpresa del rostro del Rey, pero repleta de aplomo. Como si el momento fuera grave, pero con soluciones posibles. Y ahí es donde aparece el líder.

Felipe VI ha sido educado en las mejores escuelas y desde que estaba en la cuna se le exigió estar a la altura. Nadie elige ser príncipe. Vivir toda tu vida sabiendo que tienes que estarlo, o te crea una metodología o desarrollas una depresión que te hunde en la miseria. No conozco a nadie que quiera ser ni Rey, ni príncipe o princesa.

Felipe demostró, en centésimas, saber lo que se tenía que hacer. No estaba ensayado, ni previsto. Al observar que el abanderado que portaba la bandera de la Guardia Real se situaba en el centro, le ordenó (podría escribir le solicitó, pero no sería válido en lenguaje militar) que alzara la insignia y se quedara en el lugar, sustituyendo la bandera que tenía que haber presidido el desfile. Lo hizo con normalidad, resolución y rapidez. Lo dicho: con dotes de líder. Como si se tratara de no caerse de la bicicleta porque lo que aprendes de niño ya no se olvida.

Cada época tiene su tipología de liderazgos. Hace siglos eran autoritarios. Poco a poco las formas se han ido suavizando, y puestos a observar la historia universal, hasta el mismísimo siglo pasado se llamó líder a los que ostentaba más poder.

Ahora se trata de saber gestionarlo. El Rey lo hizo el pasado domingo. Puede parecer una tontería, pero se cayó la bandera.

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