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Tormenta de festivales

Jóvenes bailando en el Sonar de día de este año.

Jóvenes bailando en el Sonar de día de este año. / JORDI OTIX

Con una primavera estival, empieza la temporada de festivales musicales, centrados en Barcelona durante el primer tramo y localizados en su mayor parte, durante lo más intenso del verano, en el Empordà y la Costa Brava. La fiebre festivalera, a la que hoy el diario dedica un especial, no se reduce a las ubicaciones más tradicionales, a una parte del territorio o a los eventos con mayor proyección mediática, sino que se extiende por toda Catalunya, en formatos más reducidos, desde los Pirineos a Lleida o al litoral de Tarragona, con ofertas que no solo se refieren a la música más actual de éxito o contemporánea, sino también a otras parcelas, como la popular o la clásica.

La que podríamos llamar “cultura de festivales” se ha ido consolidando con el tiempo, se ha ampliado con múltiples variantes (desde la iniciativa local a las grandes corporaciones especializadas en estos eventos, desde la orientada al público cercano a la que se convierte en un instrumento de dinamización del turismo cultural urbano) y ha creado un público que suele ser fiel, bien por proximidad geográfica, bien por el reclamo de las grandes figuras o por la tradición de acudir a una cita que, cada vez más, no es solo un acontecimiento musical, sino que viene aderezado con otras propuestas, gastronómicas, festivas y de promoción profesional.

Hubo quien auguró una burbuja con peligro de explotar. Pero tanto por la constancia anual en la programación de los más reconocidos, como por la llegada de nuevos conceptos, no es así, y este modelo se ha instalado en nuestro imaginario colectivo no solo por la oferta estrictamente artística, sino también porque los festivales funcionan como punto de encuentro y conexión. Los datos más recientes, como los que constan en el Anuario de la Música 2025, nos hablan de más de medio millón de asistentes a las cuarenta citas más populares, con incrementos porcentuales continuados.

En contraposición a los grandes conciertos de una sola noche (en pleno proceso de gigantismo y que responden a otros parámetros), los festivales de verano son eventos culturales que proponen y prosperan en la variedad, tanto si se trata de los que se concentran en un fin de semana como de los que se extienden a lo largo de más semanas. En el primer caso, eventos que podemos llamar “macros” (como el Primavera Sound, que da la señal de salida de la temporada, Sónar, Cruïlla, o apuestas específicas como Share y Rockfest), y que se concentran en carteles centrados en la música más innovadora o en la respuesta internacional y multitudinaria. En el segundo, los que denominamos “ciclos boutique”, que, por su propia heterogeneidad de planteamientos musicales. De la capacidad de renovación del formato es prueba la convivencia en Barcelona del histórico Grec que cumple cinco décadas de su creación, y nuevas ofertas como Les Nits Occident, en Pedralbes.

Los más estrictamente veraniegos centran su atención en las actuaciones y en la oferta paralela de ocio. Pero hay casos en que el festival amplía sus intereses para convertirse en un ecosistema que ayuda al tejido industrial y profesional de la música, permite la irrupción de nuevos valores o promociona fórums de intercambio de ideas e innovación. También deja su sello en este campo la efervescencia creativa y emprendedora de Barcelona.