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Opinión | Zapatero
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Mucho ruido, pocas nueces

Resistir es un gran valor y no hay ningún incentivo para saltar a la siguiente pantalla, por mucho que grite Felipe González

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero / Ricardo Rubio - Europa Press

Perdonen el spoiler: No habrá elecciones anticipadas. Y no las habrá por una razón muy sencilla: porque no puede haberlas. Y porque, hasta que se demuestre lo contrario, es el peor escenario posible para quien tiene que convocarlas. Cierto, el hilo que une las joyas burdamente filtradas de Zapatero, las invectivas rabiosas de Felipe González o García-Page, los registros de la UCO en Ferraz avisando convenientemente a los periodistas y el ventilador en modo continuo de los mañaneros de la capital solo es uno: convocar elecciones y derrocar por fin al anticristo del Gobierno de izquierdas. La crisis política actual tiene sus peculiaridades, algunas de las cuales señalan muy seriamente al PSOE y su incapacidad para purgar su porquería interna, pero el mar de fondo es el mismo que preside la política española desde hace décadas: cuando la derecha no gobierna, el árbol debe agitarse hasta que caiga.

Es el proverbial "quien pueda hacer, que haga" de Aznar, o si lo prefieren, es el golpe blando que siempre se pone en marcha cuando no mandan los que tienen que gobernar. Pero justamente porque el clima es irrespirable, hay que trazar una línea muy fina entre los que hablan para cargarse un régimen y los que solamente exhiben un mero postureo. La derecha mediática, judicial y política va con todo, hasta el final. Pero los socios de legislatura, como PNV y Junts, que han decidido alzar un poquito la voz, están simplemente escenificando una obra de teatro ante su electorado. Porque cualquier partido que no sea el PP sabe que pactar con Vox una moción de censura y una sustitución de gobierno supondría su inmediata autodestrucción. De ahí que, si se fijan, en las últimas semanas hay en España una distancia sideral entre el ruido mediático ensordecedor y la nula iniciativa política para cambiar el gobierno. Se proclama cada día el apocalipsis, pero el PP ni siquiera puede insinuar la presentación de una moción porque sabe que es imposible. En España solo hay una formación que puede pactar con un racista como Abascal sin ponerse colorada. Para el resto, por mucho que gesticulen, es un escenario inexistente.

Feijóo no tiene, efectivamente, las deseadas elecciones, pero tiene al menos un escándalo diario con sus correspondientes altavoces para poder tapar las vergüenzas de su Kitchen. Su salvaje percusión contra Sánchez tiene la enorme utilidad de actuar también de distracción del terrible hedor de sus cloacas. Por eso, y aunque el bombardeo mediático pretenda crear la sensación de un fin del mundo continuo, la partida política sigue técnicamente empatada. Los que gobiernan y sus socios se han convencido del 'malmenorismo' de no tocar nada, y los que aspiran a gobernar sencillamente no suman, y seguirán sin sumar hasta que no votemos otra vez. Debajo de esta verdad de perogrullo prevalece, como un manuscrito antiguo que viene del túnel del tiempo, el manual de resistencia. De momento, resistir es un gran valor y no hay ningún incentivo para saltar a la siguiente pantalla, por mucho que grite Felipe González. 

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