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Opinión | Parece una tontería
Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

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El maravilloso error

Habita algo en la perfección que abruma, avasalla, y, ante las reacciones ajenas, puede empujar a uno a evitarla, por si acaso

Archivo - Imagen de recurso de inteligencia artificial (IA).

Archivo - Imagen de recurso de inteligencia artificial (IA). / INDRA - Archivo

Nadie pensaba que haciendo muy bien las cosas se metería en problemas. Nos habían hecho creer, en realidad, que los líos de verdad comenzaban con los deslices, los suspensos, la indolencia, el desinterés, etcétera. Quizás nos informaron mal. O simplemente, el pasado ha vuelto a sufrir otra de esas derrotas ignominiosas y periódicas frente al presente, que casi de golpe nos sitúa en ese escenario curioso en el que, a menos que pretendas levantar sospechas, conviene cometer errores para ser mejor aceptado, incluso para recibir reconocimientos. Lo vemos con el uso de la IA, que ya incluye programas «humanizadores» que deslizan descuidos a propósito en ciertos trabajos para alejar la sombra de que se ha utilizado la IA.

Tampoco es una novedad en un sentido estricto. Lo «demasiado» despertó frecuentemente suspicacias. Si eras demasiado inteligente, o demasiado gracioso, o demasiado guapo, o demasiado rebelde, te situabas en una especie de disparadero. Casos ominosos siempre habrá, claro. En el instituto coincidí con un estudiante que, contra todo pronóstico, obtuvo un diez en un examen de Historia, asignatura que se le daba particularmente mal, al igual que Matemáticas, Lengua Española, Lengua Galega, Inglés, Latín, Dibujo, Física y Religión. Pese al diez, la profesora no tuvo más remedio que suspenderlo: sus notas no pasaban nunca del dos. En efecto, había robado el examen. Cosa que tal vez no significaba mucho, o no siempre significaba lo mismo: yo robé un examen de Latín en mi tercer año en el instituto, bordé en mi criterio las respuestas y, para mi sorpresa, me pusieron un 2,5.

Habita algo en la perfección que abruma, avasalla, y, ante las reacciones ajenas, puede empujar a uno a evitarla, por si acaso. ¿Cuántas veces alguien ha perdido una oportunidad, a modo de ejemplo, por estar demasiado preparado para un empleo que no requería de ello? Demasiadas. Por no mencionar las infinitas ocasiones que a lo largo de la vida eso que llamamos «hacerse el tonto» ha provocado algún tipo de ventaja.

Hace unos años, en una de mis novelas detallé cómo el padre de una quiosquera, después de sobrevivir al desembarco de Normandía en la segunda oleada de la playa de Utah, como miembro del duodécimo regimiento de infantería de los Estados Unidos, volvió a sobrevivir a «la batalla en el bosque de Hürtgen, en la frontera belga-suiza, donde los nazis infligieron una terrible derrota al ejército estadounidense». A los pocos días de la publicación me escribió un lector preguntándome cómo de cerca estaban en aquella época Suiza y Bélgica para compartir frontera. Más o menos muerto de vergüenza –tampoco es que haya que ahorcarse en casos así–, corrí a pedirle a mi editora que si había segunda edición cambiase Suiza por Alemania, lo que se ajustaba un poco mejor a la realidad geopolítica del mundo. Curiosamente, semanas después, al comentar con una amiga el lamentable error, se extrañó de mi reacción avergonzada. «Cuando lo leí, me extrañó en el primer momento, sí, pero después pensé que lo habrías puesto mal a propósito». Cada vez es más difícil saber cuándo aciertas, si cuando te equivocas o cuando das en el clavo.

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