
Escritor. Autor de 'Confeti' y 'Todo Messi. Ejercicios de estilo'.
Poco, tarde y mal
El nuevo plan de usos de Ciutat Vella regulará que durante un máximo de dos años no se puedan abrir supermercados 24 horas. Es un cambio prometedor, pero no pongan el cava en la nevera: el impacto de lo aprobado no vale por todo lo que se podría haber logrado
Barcelona suspende la apertura de nuevos supermercados 24 horas durante un año para regularlos

Un supermercado 24 horas de Barcelona, en una imagen de archivo. / Manu Mitru
Si me permiten un mínimo ataque de nostalgia, les diré que yo todavía conocí la Barcelona de los colmados. No hablo de esos para gente rica, templos de 'delicatessen' cuando esa palabra aún no se conocía, sino de las tiendas de barrio que tenían un poco de todo, cerraban tarde y, con el tiempo, sus dependientes —bata azul o gris— conocían tus gustos y disgustos.
Y entonces todo cambió. Los primeros supermercados familiares eran de los años 70, pero una ley de 1987, promovida por la Convergència de Jordi Pujol, reguló y consolidó su expansión. Los colmados claudicaron ante una combinación de cambios sociales, nuevos hábitos y competencia desleal. Sin embargo, siempre hay un día en que te falta una cebolla para el sofrito, o un rollo de papel higiénico, y bajas en zapatillas a la tienda de la esquina. Ahora, en cambio, ya no eran colmados, sino negocios de inmigrantes silenciosos, la mayoría pakistaníes, a menudo con producto de menor calidad. Cerraban tarde, eso sí, como los viejos colmados, y pronto el turismo consolidó su oferta: jabón, aceite, sal, alcohol…, productos de primera necesidad para quien alquila un Airbnb. El siguiente paso, lógico, y aceptado de nuevo por las leyes, era que abrieran 24 horas. “Como en Nueva York”, decían los barceloneses ilusos, porque queda cosmopolita, sin saber que muchos de estos inmigrantes duermen en la trastienda porque ese lugar es su casa.
Ahora el nuevo plan de usos de Ciutat Vella regulará que durante un máximo de dos años no se puedan abrir supermercados 24 horas. Tampoco tiendas de cannabis, de suvenires, de carcasas de móviles ni de manicura, que son otros síntomas de la misma enfermedad. Es un cambio prometedor, pero no pongan el cava en la nevera: el impacto de lo aprobado —con el apoyo de Junts, fíjate tú— no vale por todo lo que se podría haber logrado. Empezando por reducir la oferta excesiva con efecto retroactivo, por ejemplo. Como siempre, se ha hecho poco, tarde y mal, y con solo dos años para arrepentirse. Quizás, pienso, hoy el único indicio de que aquellos colmados existieron —una forma de vida— son los mercados de barrio. No los perdamos.
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