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Laberinto negociador

El empantanamiento del diálogo tiene que ver con la falta de simetría en el modo de negociar

EEUU vuelve a atacar a Irán e Israel recrudece su ofensiva en Líbano

Trump asegura que Irán nunca obtendrá un arma nuclear en medio de críticas internas

Lucía Feijoo Viera

Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán parecen haber entrado en una suerte de laberinto en el que resulta cada vez más difícil encontrar una salida. Mientras resulta relativamente fácil explicar los motivos que empujaron a los iraníes a negociar, cada vez es más incomprensible la estrategia de la administración norteamericana para salir del laberinto. El régimen iraní se encuentra en modo de supervivencia tras la guerra que empezó el 28 de febrero. Perdió a su líder supremo, a buena parte de su élite, vio cómo quedaban mermadas sus capacidades militares y cómo se esfumaba las complicidades tejidas con Hamás, Hezbolá y los hutíes del Yemen. El nuevo poder que ha emergido en Teherán, encabezado por la Guardia Revolucionaria para salvar los muebles, cuenta con el arma más poderosa que le queda: su capacidad de bloquear el estrecho de Ormuz. Al otro lado de la mesa negociadora, Donald Trump también necesita acabar con una guerra que le ha hecho perder popularidad y le ha enemistado con medio mundo. En teoría se da, por lo tanto, la principal premisa para que una negociación sea exitosa: que ambos contendientes necesiten la paz, aunque sea por razones opuestas. ¿Qué impide, entonces, un acuerdo anhelado por casi toda la comunidad internacional?

El empantanamiento de las negociaciones tiene que ver con la falta de simetría en el modo de negociar. No basta con que el objetivo sea el mismo. Sin una cultura de la negociación que el otro pueda reconocer y sin confianza, no hay avances. Esto es lo que sucede. Los iraníes añoran los años en los que aceptaron negociar su programa nuclear con Barack Obama. Tampoco fue fácil, y se puede discutir si consiguieron o no engañar a la administración norteamericana, pero hubo acuerdo. Un acuerdo que le valió a Obama un Nobel de la Paz un tanto precipitado y que fue monitoreado por instituciones internacionales. Con Trump, no saben a qué atenerse. No solo porque les ha bombardeado en varias ocasiones en medio de las negociaciones, sino porque no aciertan a saber qué quiere. Saben lo que Trump necesita: acabar con una guerra que le hace perder un punto de popularidad cada vez que el galón de gasolina sube veinte centavos. Y esto les permite subir la puja en todo lo que está sobre la mesa. Lo que no aciertan a saber es cuáles son los objetivos de Trump. Están tan confundidos ahora como lo estuvieron durante los bombardeos. ¿Qué pretendía Trump? ¿Una operación a la venezolana, descabezar el régimen, acabar con el arsenal militar iraní, o borrar el país de la faz de la tierra? Sin saber el porqué de la guerra, es difícil alcanzar la paz.

La última carpeta que Trump ha puesto sobre la mesa hace todavía más inextricable el laberinto en el que se encuentra la negociación. Por si había pocos temas en danza, ha planteado que los países árabes, Pakistán y Turquía se sumen a los Acuerdos de Abraham, destinados a normalizar las relaciones con Israel. Si ya era difícil negociar cuántos kilos de uranio enriquecido al 60% pueden quedar en manos iraníes, o cómo se gestiona el paso por Ormuz, la idea de vincular la negociación con el futuro de Oriente Próximo dificulta toda salida de la crisis. Puede que satisfaga las pretensiones de Israel, pero añade más incertidumbre a una negociación de la que depende la economía de medio mundo.