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Opinión | La Calle Nueva
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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Gabo y Cuba en el corazón

Gabriel García Márquez, que se declaraba “un optimista empedernido con respecto a todo", afirmó: "Creo de veras que vamos a salir adelante los latinoamericanos. Todos"

Carmen Balcells y Gabriel García Márquez en el despacho de la agente literiaria.

Carmen Balcells y Gabriel García Márquez en el despacho de la agente literiaria. / Pepe Encinas

Tengo a Cuba y a Gabo en mi corazón. Si no hubiera conocido a Gabriel García Márquez también estaría en mi vida, como escritor, como ciudadano que le trajo a la literatura la más imponente de las alegrías: la invención.

Lo conocí en Barcelona cuando él jugaba con sus dos hijos, sentados todos en el suelo de su casa de la calle Caponata, cerca de donde vivía su amigo (lo sería siempre, aunque no se hablaran) Mario Vargas Llosa.

En esa ciudad de su vida Gabriel García Márquez fue primero un desconocido que aún no había publicado 'Cien años de soledad'. La noche era su destino, como si se estuviera buscando a sí mismo entre todos sus amigos. Era el amigo de las noches y de todo el mundo, como decía su amiga Beatriz de Moura. Gabo sería el pupilo mayor de Carmen Balcells, que le guiaría para ser el escritor de todas las estaciones y del Nobel.

Muchos años después, cuando ya era Nobel y volvía a menudo a Barcelona para explicarse la vida que había tenido allí, Gabo me citó en la casa de Carmen para una entrevista que siempre sentí como un regalo especial. El tiempo ya era para Gabo un regalo que él mismo se hacía, así que cuando nos daba a los periodistas la oportunidad de preguntarle es que por alguna razón él se sentía obligado a contar.

Su pasión, desde niño en Aracataca, donde nació, era contar, explicar, pero también era hombre de escuchar. “Ven acá…”, empezaba diciendo para después hacer una pregunta, miles de preguntas. Era un preguntón, y por tanto un buen periodista. Ganaría el Nobel, y ganaría otras glorias, pero jamás dejó de lado la pasión de su vida: pasarse la vida preguntando.

En aquella ocasión, en la casa de Carmen Balcells, él tenía ganas de hablar, de contar y de explicar. Era 1991, yo estaba por ir, o ya había ido, a Cuba, su tierra querida, el lugar de su pasión pero también de sus preocupaciones, de modo que ese era uno de los asuntos de los que quería hablar con el periodista que empezó a preguntarle, cómo no, de cómo andaba en este mundo (suyo y nuestro) del periodismo…

Él era un adivino que en ese momento parecía que exageraba su relación con el pesimismo, pero esto me dijo acerca de este oficio que él reinventó para mejorarlo: ”Se ha producido una distorsión del oficio en todo el mundo. La intensidad de lo que pasa ha hecho que lo que ocurre prime en una carrera contra el tiempo. Ya no tenemos lugar para ver la noticia en perspectiva, en todos sus significados, a no ser que lo que pase sea contundente, como la guerra del Golfo o la Conferencia de Paz de Madrid, que por cierto fue un acontecimiento de singular importancia. Lo importante", siguió diciendo Gabo, “es dar primero la noticia. Si es falsa o no, poco significa; lo importante es darla primero. Hoy hay un cambio casi orgánico del oficio del periodista que vamos a tratar de parar un poco. Vamos a tratar de recuperar ese concepto de aquellos tiempos del periodismo en que se contaba cómo era la gente”.

En ese tiempo, lo que es la vida, entrevisté a otro colega suyo, Eugenio Scalfari, gran periodista italiano, que dejaría para siempre esa frase que parecía marcada por su colega colombiano: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”… En aquella conversación Gabo habló, pues, de periodismo, de literatura, del placer de narrar, de los cuentos que escribía o de los que leía, de Cervantes… Y habló de Cuba… Cuba estaba en su corazón y era también su casa, a la que iba y venía como si allí tuviera su inspiración y su morada…

"Hoy hay un cambio casi orgánico del oficio que vamos a tratar de parar un poco. Vamos a tratar de recuperar ese concepto de aquellos tiempos del periodismo en que se contaba cómo era la gente”, me dijo Gabo

Ahora que Cuba vive el peor momento de su vida como país, asomado su futuro al abismo que ahora se llama Trump y que lo acecha, me he encontrado con aquella declaración que una vez me contó Gabo, como si fuera un escalofrío para este tiempo. Me dijo Gabo cuando le pregunté cómo se iba a salvar un país como Cuba tras la caída de la URSS: “Están equivocados pensando que la caída de la Unión Soviética supone el desenlace de Cuba. Cuba va a encontrar petróleo y otros abastecimientos de sus vecinos latinoamericanos tarde o temprano. Es mucho mejor que no tenga la dependencia que tenía de la Unión Soviética. Hoy no depende de nadie: ahora tampoco de la Unión Soviética. Su porvenir está en América Latina. Lo que yo quisiera es que la prensa viera así las cosas (…) Si en todos los países del tercer mundo el Gobierno tuviera que dividir los frijoles por el número de habitantes, de modo que todos recibieran la misma cantidad, como sucede en Cuba, muy pocos sobrevivirían. Y Cuba sobrevive. En síntesis: que suspendan los Estados Unidos el bloqueo, y después hablamos”.

Me dijo que él era “un optimista empedernido con respecto a todo... Quizá el frentazo que me voy a dar será tremendo, quizá, pero yo creo de veras que vamos a salir adelante los latinoamericanos. Todos. Es que el ser humano no puede ser tan imbécil como lo fue en el siglo XX”.

Años más tarde, en casa de Carmen Balcells, Gabo jugaba sobre la mesa con una pajarita de papel. El futuro se estaba haciendo de otra manera y el tiempo ahora es más duro que nunca para Cuba y para el mundo.

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