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Opinión | Israel
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Ben-Gvir o la banalidad del mal

Las barbaridades del ministro llegaron a su cénit hace unos días cuando lideró en directo la humillación de insultar y obligar a arrodillarse a los integristas de la Flotilla, a los que acusó de terroristas

El ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir.

El ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir. / Ilia Yefimovich/dpa - Archivo

La humanidad llevaba siglos, de Platón a Nietzsche, preguntándose sobre el origen del mal, hasta que una joven y brillante filósofa llamada Hannah Arendt asistió en directo al célebre juicio en Jerusalén contra Adolf Eichmann, uno de los grandes ideólogos del Holocausto. Arendt se dio cuenta, escuchando a Eichmann, de que aquel burócrata gris era mucho peor que un simple monstruo porque había convertido la ejecución del mal en algo banal y rutinario, casi como una orden burocrática. Nadie hubiera imaginado que, sesenta y cinco años después del juicio, el Estado que se creó para compensar aquella barbarie tendría uno de los gobiernos que mejor puede representar la banalidad del mal que tan bien describió Arendt. Porque lo más terrible del Gobierno de Netanyahu no es que esté perpetrando en directo un genocidio, sino que además lo acompañe con una antología infinita de insultos y vejaciones diarias.

Quien mejor ejemplifica este sadismo no es ni siquiera Netanyahu, sino un monstruo llamado Itamar Ben-Gvir, actual Ministro de Seguridad Nacional de Israel, un cargo al que accedió como líder del partido Otzma Yejudit (Poder Judío), una asociación --siendo muy suaves en la definición-- ultraderechista, racista y xenófoba. La antología de barbaridades de Ben-Gvir es inacabable, pero entre las más célebres está el impulso del maltrato de los presos palestinos en las cárceles, incluyendo cortar la electricidad o el tiempo de ducha, y mofarse en redes del hambre que pasan comiendo un trozo de pan. Ha llegado a exhibir sogas de ahorcamiento y son conocidas sus constantes incursiones provocadoras a la Explanada de las Mezquitas y sus celebraciones en directo de bombardeos de población civil. La enfermedad del ministro llegó a su cénit hace unos días cuando lideró en directo la humillación de insultar y obligar a arrodillarse a los integristas de la Flotilla, a los que además acusó de terroristas, la táctica habitual del Gobierno israelí para dar cobertura a sus actos criminales. Entre los detenidos hay decenas de europeos, entre los cuales varios españoles, que probaron de primera mano la violencia moral del personaje.

En realidad, lo de menos es de qué va la última idiotez de semejante psicópata, como tampoco es muy relevante la indignación que el episodio ha causado en la Unión Europea, que una vez más terminará plegándose a los intereses económicos que todavía actúan de salvavidas de Israel. Lo único interesante de verdad, como sucedía con el nazismo, es qué hacemos los otros cuando nos encontramos cara a cara con la banalidad del mal. Ben-Gvir, como Eichmann, como Goebbels, como Hitler, es solo un pobre desgraciado, un despojo humano que en realidad no humilla a nadie, sino solo a sí mismo y a todo lo que él representa. Pero cumple al menos una valiosa función: los que todavía tienen la osadía de darnos lecciones desde el sionismo, tienen ahora la oportunidad de recuperar algún ápice de credibilidad si al menos son suficientemente valientes para condenar al infausto personaje. Dime qué dices (o no dices) de Ben-Gvir, y te diré quién eres.

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