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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

Cuba, un experimento en plena agonía

Miguel Díaz-Canel dice que el "genocida bloqueo petrolero" de EEUU "está asfixiando a Cuba".

Miguel Díaz-Canel dice que el "genocida bloqueo petrolero" de EEUU "está asfixiando a Cuba".

Un insólito mensaje en español de más de cinco minutos colgado en las redes sociales por el secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de cubanos huidos a Florida, concreta el momento en que se halla una eventual negociación del Gobierno de la isla con el de Estados Unidos. Al mismo tiempo que el Departamento de Justicia imputa un delito de asesinato a Raúl Castro por el derribo de dos avionetas hace treinta años, ocupadas por cuatro exilados cubanos -en la vertical de aguas internacionales o en cielo cubano, está por aclarar-, el embajador de La Habana en la ONU, Ernesto Soberón Guzmán, adelanta la disposición a introducir cambios en la economía y el gobierno del país, y el presidente Miguel Díaz-Canel no se priva de prometer una respuesta armada contundente si Washington aplica al caso cubano un método expeditivo. Reúne la historia contemporánea de Cuba todos los ingredientes de una obsesión colonial desde 1898, acrecentada a partir del 1 de enero de 1959, cuando los guerrilleros de Fidel Castro tomaron La Habana y en tiempo récord transitaron del reformismo nacionalista al patrocinio de la URSS.

Guía los pasos de Donald Trump la impugnación del proceso de normalización abierto por Barack Obama, pero también la presión de un exilio cubano que nunca ha dejado de engrosar sus filas. Hay en Florida hijos y nietos de los cubanos que marcharon a Estados Unidos al poco de la revolución, pero hay también una última generación de cubanos llegados a la península en mitad de las penalidades, los decenios de bloqueo y el ensimismamiento de un sistema ineficaz e inviable. Se ha desvanecido el rastro y la tradición de resistencia que permitió neutralizar la invasión de Playa Girón o Bahía de Cochinos, dispuesta por el presidente John F. Kennedy a partir del esbozo de la Administración de Dwight D. Eisenhower, que le precedió en la Casa Blanca. Tiene además Trump el ejemplo de la operación en Venezuela -3 de enero, secuestro de Nicolás Maduro y su esposa- y la disposición del chavismo y del Ejército de ponerse a las órdenes de Estados Unidos con la mano en el primer tiempo del saludo.

Está por saber si prevalece en el análisis de la crisis cubana el posibilismo de la negociación -se agotaron las reservas de petróleo y la isla vive a oscuras cuando se pone el sol- o la contundencia doctrinal de personajes como Stephen Miller, asesor de Trump entrevistado en la CNN: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre formalidades internacionales y todo lo demás, pero es un mundo que está gobernado por la fuerza, por la imposición, por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”. Es de temer que las fórmulas suaves son las que menos partidarios tienen en un ecosistema en el que abundan los Miller, los herederos de un colonialismo con aires decimonónicos -ocupo lo que necesito-, que pareció en algún momento no tan lejano haberse extinguido.

En la estancia de Donald Trump en Pekín la semana pasada quizá se puede seguir el rastro de hasta qué punto las exigencias de China referidas a Taiwán pueden procurar al presidente seguridades suficientes para una resolución sin contemplaciones del contencioso cubano. Cuba bien vale Taiwán para China, se puede resumir sin entrar en detalles. Cabe detectar en tal caso un debilitamiento evidente de Estados Unidos en el Pacífico occidental, donde Pekín alienta planes expansivos, pero también un afianzamiento de la nueva doctrina aplicada al hemisferio occidental, de Groenlandia al Cono Sur, apoyado en un previsible crecimiento de la extrema derecha y en un más que probable fracaso de proyectos iliberales como el de Javier Milei, sometido a la asistencia de Estados Unidos para salvar los muebles.

Es así Cuba, el régimen cubano, un experimento sin futuro, dejado a su suerte por cuantos, por diferentes razones, creyeron poder sacarle partido. Un campesino de La Higuera, el pueblecito boliviano lejos de todo donde fue asesinado Ernesto Che Guevara en 1967, resumió en 2003 una idea capital con una inusual capacidad de síntesis: “Aquí acabó todo antes de que empezara”. Él, como otros muchos en la región, había procedido a una santificación laica del revolucionario, de igual manera a cómo, en otros términos, la revolución cubana contó con el respaldo irrestricto de las izquierdas durante décadas. Pero hoy cunde la impresión de que la resistencia agónica de la isla decidida por un régimen exhausto se traduce en un sacrificio insoportable para una población, asimismo exhausta, atrapada en un laberinto sin salida.

El sociólogo francés Alain Touraine, que analizó las dificultades que afrontaba Cuba a principios de los 2000, llegó a la conclusión de que el ejemplo del modelo chavista era el principal obstáculo para activar un proceso democratizador en la isla. En cierto sentido, Hugo Chávez suplantó con su discurso populista el papel desempeñado con anterioridad por el régimen cubano, apoyado además en el suministro de petróleo a Cuba. Hubo cierta tolerancia de Estados Unidos en todo ello, incluso durante el primer mandato de Trump, pero todo es diferente ahora, con el diseño neoimperial de la Casa Blanca en plena confrontación con China, que le disputa la hegemonía a escala universal. A ojos de los ideólogos que inspiran a Trump, después de Venezuela, el paso siguiente es controlar Cuba, dejar sin referencias explícitas a corrientes de fondo de naturaleza socializante siempre presentes en el entramado político latinoamericano.

La primavera de 2020, con la pandemia en su dramático apogeo, Touraine giró una vez más la mirada hacia la Casa Blanca: “Nunca había visto un presidente de Estados Unidos tan raro como Donald Trump, tan poco presidencial, un personaje tan fuera de las normas y fuera de su papel. Y no es casualidad: Estados Unidos ha abandonado el papel de líder mundial”. Trump sigue siendo tan poco convencional como entonces, pero le mueve el propósito de neutralizar las señales de decadencia que algunos detectan en su influencia global. Controlar Cuba es uno de los factores de corrección elegido para disipar dudas y fijar las reglas del juego en casi todas las direcciones.