Opinión | Miel, Limón & Vinagre
Marc Verdaguer
Mariano Barbacid, los sabios también tienen ego

Mariano Barbacid.
«La cura contra el cáncer de páncreas. ¡Descubrimiento histórico!».
Así promocionaba El Hormiguero de Pablo Motos su entrevista con el bioquímico Mariano Barbacid (Madrid, 1949). ¿El motivo? El anuncio, mediante una multitudinaria rueda de prensa, del científico y su equipo sobre los grandes resultados de un tratamiento experimental en ratones contra uno de los cánceres más devastadores. Hoy, solo un puñado de meses más tarde, Mariano Barbacid ya no está sentado delante de Trancas y Barrancas, sino con el paraguas abierto para resguardarse del chaparrón de críticas y puñales que le cae encima después de que la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos le retirara el artículo con los resultados del tratamiento por un «conflicto de intereses relevante no declarado en el momento de la presentación».
Barbacid había olvidado comentar que él y dos de sus colaboradoras en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) eran cofundadores y accionistas de la empresa Vega Oncotargets, creada para, en un futuro, comercializar el posible medicamento que surgiera del tratamiento experimental con ratones. Los americanos, tan dados a veces a esa moral inquisitorial, retiraron el artículo porque el científico madrileño tenía 750 euros en acciones de Vega Oncotargets.
Mariano Barbacid clama por su honestidad —negando en un comunicado un «ánimo espurio de enriquecimiento»— cuando el tema es que, a él, y a los americanos, se les debería responder: «El problema no es el dinero, es el dolor de la gente».
A muchos seguro que nos parecería bien que al científico que cure el cáncer —una enfermedad que, de manera más o menos directa, de manera más o menos dura, a todos se nos ha cruzado en nuestras vidas— lo bañáramos en dólares cada día de su vida. O que le dieran cuatro premios Nobel, que, al fin y al cabo, hay políticos de dudosa reputación que tienen uno. El pecado de Mariano Barbacid no es que tuviera una empresa para comercializar un tratamiento, sino que lo que no dejó claro, o como mínimo permitió que no se dejara claro en ruedas de prensa y entrevistas, es que ese tratamiento con ratones está aún muy lejos de poder aplicarse en personas. Y con su anuncio, o saliendo en El Hormiguero, generó esperanzas infundadas en pacientes con cáncer de páncreas para quienes, por desgracia, los resultados de la exitosa investigación de Mariano Barbacid y su equipo llegarán, si llegan, demasiado tarde.
En otoño, Mariano Barbacid y dos de sus colaboradoras del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas publicaron en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos los resultados de su exitoso tratamiento experimental con ratones. Como pasa siempre en este tipo de publicaciones científicas, el alcance fue limitado. Lo leyeron los científicos y pensaron: «Barbacid es muy bueno». Pero él quería más. Quería que el mundo supiera que iba por el buen camino.
Meses más tarde, a finales de enero, en una multitudinaria rueda de prensa junto con la Fundación Cris Contra el Cáncer, Barbacid dio a conocer al mundo los prometedores resultados con los 45 ratones curados de cáncer de páncreas. Desde entonces, la Fundación Cris Contra el Cáncer ha recaudado más de tres millones de euros para alimentar esta investigación. Y, por lo que parece, faltará aún más dinero porque el tratamiento experimentado con los ratones está lejos no ya de poder aplicarse, sino de experimentarse con personas.
La rueda de prensa y las entrevistas tuvieron el eco que no podía tener el artículo en la revista científica. Se enteraron los medios, se enteraron los pacientes y sus familias, que mejor que no lo hubieran hecho, y se enteraron muchos otros científicos que expusieron sus dudas sobre las expectativas de un tratamiento que, de momento, era solo con ratones.
Ahí, en esa rueda de prensa y en los Hormigueros y demás entrevistas, nace el problema de Mariano Barbacid. Y no en sus acciones de Vega Oncotargets. En dejar que miles de personas pensaran que, efectivamente, había dado con el tratamiento definitivo contra el cáncer. En ese ego, que también tienen los sabios, de querer ser el mejor. El primero que nos solucionará un gran problema.
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