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Opinión | Tecnología
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

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Bizum para bocachanclas

En Barcelona, este sistema de pago ha venido a acabar con determinados farsantes que siempre farfullaban excusas cada vez que tocaba saldar una cuenta en una reunión de amigos

Un cliente realiza un pago con Bizum.

Un cliente realiza un pago con Bizum. / MANU MITRU / EPC

Ahora Bizum será una realidad para pagar en comercios, pero hace ya cinco años vi a un saxofonista callejero en Arc de Triomf (y a un payaso punki en la Estació del Nord) poner su móvil para recibir ahí las donaciones; hace un par, a un mendigo en un 365 (no recuerdo la calle, porque en esta ciudad hay un establecimiento de esos en cada cruce) con un cartón donde había apuntado su teléfono para lo mismo; hace seis meses, a un monaguillo hacer lo propio en una parroquia del Eixample a la que fui por el aniversario de un ser querido. Hay quien habla de un camello que antes recibía el dinero en efectivo en un cajón con una pegatina de Comerç Just y que ahora acepta este modo de transferencia instantánea. Y desde hace mucho tiempo la frase más escuchada en las terrazas barcelonesas, antaño escenario de taimadas maniobras para no pagar en las reuniones de amigos, es, en ocasiones con retintín irónico: “Tranquilo, me haces un bizum”.

Como sucede con la música (un grupito que es imitado por un producto diseñado por una multinacional), la ropa (esa prenda subcultural que se ofrece a precio de uranio enriquecido cuando salta a la pasarela) e incluso el lenguaje, la calle (aunque en el caso de Bizum, la calle pensada por los bancos) va siempre unos años por delante. Y la aceptación oficial suele llegar un pelín tarde.

La RAE, sin ir más lejos, aceptó en su última actualización: 'gif' (después de años de gente que ya no sabe expresar sorpresa o gratitud con una frase, sino con estas imágenes en movimiento), microteatro (¿quién no ha ido, hace ya lustros, a una obra así pergeñada por algún amigo del trabajo o del instituto?), turismofobia (a buenas horas: casi cuatro millones de cruceristas invaden cada año Barcelona) o farlopa (cuando la juventud no solo usa poco la palabra, sino que consume menos que las anteriores generaciones). O bocachancla.

Bizum es una 'app' española, fruto de una alianza entre bancos, que usan 31 millones de ciudadanos para sus menudeos. Así que algunos han visto en el movimiento un modo de blindarse, en tiempos de lunáticos tecnológicos, ante los caprichos de empresas estadounidenses como Visa, Mastecard, Apple o Google.

La verdad es que no sé si, ahora que salta al comercio físico, podrá plantar cara a los gigantes globales. Pero es de recibo reconocerle cómo ha cambiado los usos y costumbres en nuestros bares. En otras regiones no era tan necesario, porque existe allí la arraigada costumbre de pagar rondas completas con cierta alegría. En Barcelona, sin embargo, el bizum ha venido a acabar con determinados gestos y farsantes, con esa coreografía extraña que se estrenaba cada vez que tocaba saldar una cuenta en una reunión de amigos.

Personajes a los que me gustaría despedir uno por uno. Ese que farfulla excusas y que jamás lleva suelto cuando hay que contribuir a la cuenta común, ese que recibe una llamada urgentísima (se lleva el teléfono a la oreja como una folclórica que no quiere ser fotografiada en un aeropuerto) cuando toca hacer cuentas de las consumiciones, ese que siempre se va de la reunión cuando los otros no han apurado sus copas, ese otro, el prostático, que siente unas irrefrenables ganas de orinar justo cuando el camarero emerge del bar enarbolando el datáfono (se suele cruzar con él a un par de metros de la mesa donde se debe liquidar la dolorosa). Triunfe o no en la esfera de las transacciones, en el corazón del consumo, honores a Bizum, porque ha acabado con nuestros bocachanclas, justo cuando estos querían huir del bar y entraron en el diccionario.

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