
Escritor
Una cuestión de memoria y dolor
La retrospectiva del Museu Tàpies aturde, fascina e invita a entrar en el territorio nada amable, duro y reseco de Àngel Jové

La lámpara Zeleste, de Àngel Jové. / El Periódico
Es muy probable que el nombre de Àngel Jové, para todos aquellos que no estén al día de la historia y la evolución del arte contemporáneo en Catalunya, les lleve a pensar en una película, ‘Bilbao’. Representó, en 1978, un impacto colosal tanto por la historia que contaba como por la construcción de un relato asfixiante. Vimos y vivimos el filme de Bigas Luna obsesionados por Leo, esa especie de psicópata obsesionado y fascinado, a su vez, por una prostituta llamada Bilbao, al ritmo de la canción –‘Bilbao song’– de Kurt Weill y Bertolt Brecht.
Àngel Jové era Leo y como tal ha pasado a la historia del cine. Muchos años después, cuando le conocí, no pude evitar rememorar con él algunas escenas. Reímos un buen rato y entendí que aquel Leo fetichista que me había impresionado tanto era, en realidad, un artista rendido también a una obsesión: “La fascinación por lo originario; ir haciendo, entendiendo desde el inicio, desde lo más profundo, lo que es la pintura”.
Es probable, asimismo, que el nombre de Jové también esté relacionado, para algunos, con las lámparas Zeleste y Babel, dos diseños en los que intervino decisivamente, en alabastro, con una claridad teñida de sombras. Y muchos también evocarán a Jové a partir de las cubiertas que hizo para la editorial Anagrama (‘Las portadas de Àngel Jové’, 1999), allí donde según el artista y amigo Antoni Llena puede estar “su mejor pintura”. Más que diseños para libros son piezas únicas, hechas con voluntad de permanencia y soplo poético.
Jové, nacido en Lleida, que murió en Girona hace poco más de dos años, es mucho más que todo esto. La comprobación está en el Museu Tàpies, en una retrospectiva comisariada por Maria Josep Balsach –‘De intactu’– que es un auténtico redescubrimiento de la figura del artista, “un cristal de múltiples caras”. Como dice Balsach, “pintura, escultura, arte pop, arte conceptual, manipulación de imágenes fotográficas, polaroids, objetos ‘povera’, vidrieras, cine experimental, diseño, ‘performance’, instalaciones, serialismo, imágenes del vacío radical”.
Es difícil resumir lo que esta muestra representa. Te aturde, te fascina, te invita a entrar en un territorio nada amable, duro y reseco, hecho de fantasmagorías que recuerdan pasados oscuros, negruras donde habitan los objetos que fueron y se han desvanecido, los paisajes indómitos que son reflejo de un alma doliente.
Para su amigo Carles Hac Mor, Jové fue “circunspección exaltada y lirismo arcaico”, el inalterable deseo de la creación, aquí apenas percibida en su magnitud. Como escribía Eugenio Montale, citado por Balsach, “la poesía es una cuestión de memoria y dolor”. Jové, lector de Eliot, supo que “ser consciente es no estar dentro del tiempo”, pero que es solo en el tiempo donde los momentos pueden ser recordados, “implicados con el pasado y el futuro”. Jové es todo esto. Y más. Vayan al Museu Tàpies, hasta finales de septiembre. Saldrán de allí transformados, devorados por la melancolía de una mirada que arde, implicada en un mundo inquietante e invisible.
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