
Periodista, escritora y exdiputada en el Parlament
Que Dios reparta suerte… y pisos
Habría que tomar nota de que un servicio público planteado para gente de renta baja esté siendo solicitado en masa por la clase media

Promoción de vivienda de protección oficial en la Marina del Prat Vermell / Jordi Otix / EPC
Barcelona cada vez se parece más a Manhattan o al centro de Londres, donde solo vive la realeza. ¿Existe el derecho a “quedarse en la ciudad”, como promete el alcalde Collboni? Haberlo, haylo. Otra cosa es quién lo garantiza. Y cómo.
Igual que el Informe Fènix ha desenmascarado el timo del PIB, un gigante en las estadísticas, pero un enano en el bolsillo de los ciudadanos, las pomposas políticas “a favor de la vivienda” de las que Barcelona y Catalunya pretenden ser pioneras han conducido a algo peor que al desastre. Llevan en línea recta al pesimismo. Un pesimismo que dispara el número de solicitantes de pisos de protección oficial, aun sabiendo que las posibilidades de que te toque uno son más bajas que las de ganar la lotería.
Los gestores públicos sentirán, acaso, la tentación de aferrarse al contraste entre la realidad y lo que ellos llaman “percepción”. Como cuando dicen que hay menos inseguridad ciudadana de la que la gente “percibe”. ¿Seguro que también hay menos inseguridad inmobiliaria de la que la gente “percibe”?
No tiene desperdicio la información de EL PERIÓDICO: más de 100.000 personas en lista de espera para un piso de protección oficial, un 63% más que hace cinco años. Se han casi duplicado los aspirantes que declaran ingresos anuales de entre 22.500 y 62.544,17 euros. Atención que en la franja alta de esta horquilla entrarían hasta diputados del Parlament.
Sin duda habrá quien piense, ¿y qué me cuesta apuntarme mientras busco piso por otro lado? ¿Y si suena la flauta? Pero cuando son tantísimos los flautistas, yo creo que habría que tomar nota de dos cosas: de que un servicio público planteado para gente de renta baja esté siendo solicitado en masa por la clase media, y que esta clase media haya empezado a pensar que le conviene encomendarse más a la suerte que a los rendimientos del trabajo… o del voto. Si la realidad desmiente el triunfalismo habitacional de los gobernantes, cambien de modelo. O de discurso.
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