Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Opinión

Agnès Marquès

Agnès Marquès

Periodista

Barcelona

La bandera

Israel acusa a Lamine Yamal de "incitar y fomentar el odio" por ondear una bandera palestina en la rúa del Barça

Lamine Yamal, con la bandera de Palestina durante la rúa de los campeones este lunes.

Lamine Yamal, con la bandera de Palestina durante la rúa de los campeones este lunes. / Valentí Enrich / SPO

Lamine Yamal tiene 18 años y ya ha descubierto una de las grandes verdades de la vida pública contemporánea: la libertad de expresión le gusta a casi todo el mundo hasta que alguien dice algo que no nos gusta. Y que quienes hoy te ríen las gracias, mañana pueden ponerte a caer de un burro.

Hace justo un año, parte de la opinión pública salía en su defensa después de la polémica por su fiesta de cumpleaños, donde se supo que había contratado a personas con enanismo para el entretenimiento. Las críticas fueron calificadas de exageradas, moralistas, puritanas. “Ahora ya no se puede hacer nada”.

Un año después, el mismo chico ondea una bandera palestina durante la celebración de la Liga del Barça y muchos de los que reclamaban tolerancia y manga ancha descubren, de repente, que hay límites intolerables. Ahora sí. Ahora resulta que los símbolos importan muchísimo. Ahora el problema ya no es el exceso de susceptibilidad, sino la falta de neutralidad. Y concretamente la bandera palestina.

Es fascinante observar cómo funciona la indignación. No tanto por aquello que condena, sino por aquello que decide perdonar.

Todos tenemos cierta tendencia a la incoherencia moral. Somos muy liberales con lo que nos divierte y más estrictos con lo que nos incomoda. Defendemos la libertad cuando confirma nuestra mirada del mundo e invocamos la responsabilidad cuando la contradice. Tenemos una gran habilidad para convertir los principios en mecanismos emocionales.

También hay otra cosa interesante en todo esto. Cuando Lamine Yamal contrataba espectáculos cuestionables era “solo un niño”. Cuando exhibe una bandera política, en cambio, se le trata como si fuera un dirigente geopolítico. El futbolista adolescente pasa de criatura irresponsable a adulto perfectamente consciente según convenga a cada uno. Circulan vídeos en redes sociales hechos con IA extremadamente violentos contra Yamal por el asunto de la bandera.

Ha caído del pedestal de algunos porque a menudo convertimos a los famosos en pantallas donde proyectamos nuestras propias guerras culturales. Ya no los miramos a ellos: nos miramos a nosotros mismos. Necesitamos que confirmen nuestro relato del mundo. Y cuando no lo hacen, llega la decepción.

Las polémicas públicas a menudo explican menos cosas sobre el personaje señalado que sobre nosotros mismos. Sobre nuestras jerarquías morales. Sobre aquello que decidimos considerar ofensivo y aquello que, convenientemente, preferimos minimizar.

Suscríbete para seguir leyendo