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Opinión | Banderas
Ernest Folch

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Editor y periodista

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Lamine, más que un futbolista

Insinuar al jugador que es mejor que se olvide de cualquier reivindicación es absurdo y paternalista, y además se contradice con los valores fundamentales del Barça

Lamine Yamal, con la bandera de Palestina durante la rúa de los campeones este lunes.

Lamine Yamal, con la bandera de Palestina durante la rúa de los campeones este lunes. / Valentí Enrich / SPO

La rúa del Barça ha pasado en cuatro días de ser una fiesta deportiva a convertirse en un asunto de geopolítica internacional. El potente gesto de Lamine Yamal de ondear una bandera gigante de Palestina se ha convertido en pocas horas en una imagen icónica y en el foco mediático más potente que se ha puesto sobre el genocidio en Gaza. No sabemos si fue improvisado o buscado, lo que está claro es que la imagen ha dado la vuelta al mundo, y el mensaje ha llegado donde más dolía, como lo demuestra que el ministro de Defensa de Israel ha acusado a la estrella del Barça de "incitar al odio" y de exhibir una bandera "terrorista". Las declaraciones de cualquier miembro de un gobierno que ha perpetrado un genocidio y ha vulnerado todos los derechos humanos y las convenciones de la legislación internacional no tienen ningún valor moral, pero sí sirven para ilustrar la dimensión que ha adquirido la figura de Lamine. Y son la confirmación de que el Gobierno de Netanyahu puede haber ganado militarmente, pero ha sucumbido moralmente.

Por eso sorprende que fuera precisamente el entrenador Hansi Flick quien reprendiera a Lamine en público y le dijera que no le había gustado el gesto del jugador, añadiendo incluso que "nosotros nos dedicamos a jugar a fútbol", una frase que recuerda inevitablemente aquel tópico tan cansino de que no hay que mezclar el fútbol con la política. Flick lleva dos temporadas enteras en el banquillo blaugrana, un cargo que ha ejercido con suma elegancia, inteligencia, sensibilidad y éxito. Por eso sorprende todavía más que alguien con su clase, autoridad y experiencia haya cometido el desliz de enfrentarse a su gran estrella por razones que pueden parecer ideológicas. Lamine no fue el único jugador que ondeó una bandera en la rúa ni ha sido, por supuesto, el primero en defender una idea política o social. Insinuarle, aunque sea solo para protegerlo, que es mejor que se dedique a jugar a fútbol y se olvide de cualquier reivindicación es absurdo y paternalista, y además se contradice con los valores fundamentales del Barça. Lo que quiere decir el 'Més que un club' es precisamente que el Barça no es solo una institución deportiva, y que en él caben todas las ideas cívicas que desbordan el propio fútbol. Quien sí ha entendido la profundidad del gesto de Lamine es Guardiola, que ha defendido el derecho de los futbolistas a denunciar barbaries como el genocidio de Gaza y ha dicho que lo que ha hecho el '10 del Barça "es algo de lo que estar orgulloso". Sin quererlo, Pep le ha dado una pequeña gran lección a Flick. Porque pretender que los futbolistas vivan en una burbuja aséptica sin ideología no solo es utópico, sino que traiciona los valores intrínsecos del deporte y del Barça. Es más sencillo dejar que cada uno saque la bandera que más le apetezca y aguantarnos cuando ondean la que no nos gusta. Lo que está sucediendo con Lamine puede parecer una anécdota, pero no lo es. En el fondo de este asunto complejo habita el modelo de club que queremos defender.

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