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Opinión | Geopolítica
Josep Borrell

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Presidente del Cidob

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Bruselas-Pekín

En su segunda visita a Pekín, lo menos que se puede decir es que el presidente Trump vuelve en una situación de debilidad o, si se prefiere, que el presidente Xi le recibe en una posición de fuerza

La visita de Trump a Pekín deja más fanfarria y buenas intenciones que acuerdos

Leonard Beard

Leonard Beard / 5

Hace unos días celebrábamos los 40 años de España en la UE. Han sido, sin duda, los mejores años de nuestra historia moderna desde la batalla de Trafalgar, con la que se inició nuestro desastroso siglo XIX. Desde 1986, todos los indicadores muestran el enorme progreso de esos 40 años. En buena parte, gracias a nuestra adhesión a lo que entonces se llamaban las Comunidades Económicas Europeas.

Nuestra esperanza de vida ha aumentado años, el PIB per cápita y la tasa de exportación se han duplicado. La del paro, reducida a la mitad y el acceso de la mujer a la educación superior, multiplicado por 6 (del 5,8 al 36%). Se nos clasifica como el país más saludable del mundo, tenemos la mayor red de autopistas de la UE y la mayor tasa de participación de la mujer en el mercado laboral. Nuestro índice de derechos políticos y libertades civiles es de 90 sobre 100, por encima de Francia y casi al nivel de Alemania.

Sin duda, queda mucho por hacer y las jóvenes generaciones afrontan nuevos y grandes desafíos, pero haríamos mal en no conocer y reconocer el formidable progreso conseguido desde que entramos en el club que tiene a Bruselas por capital.

Mientras tanto, el mundo ha cambiado igual de deprisa y no siempre para bien. Sobre todo, en estos últimos agitados años, en los que la guerra ha vuelto a la frontera este de Europa y la dramática situación en Oriente Medio no hace más que empeorar.

Y esos días, junto con el recuerdo de nuestra llegada a Bruselas, nos ha traído también la imagen de un norteamericano, el presidente Trump, en Pekín. Es su segunda visita desde la que hizo en su primer mandato, en 2017. Pero, ahora, lo menos que se puede decir es que vuelve en una situación de debilidad o, si se prefiere, que el presidente Xi le recibe en una posición de fuerza.

La economía norteamericana está bajo una fuerte tensión inflacionista, los sondeos electorales son malos para los republicanos y los 'stocks' de municiones de su ejército se reducen tanto como las reservas de petróleo en el mundo

El ataque americano/israelí a Irán, que iba a duras unos días, al cabo de los cuales Trump solo aceptaría una “rendición incondicional” del régimen de los ayatolás, so pena de “borrar del mapa en una noche a toda una civilización“, dura ya 10 semanas. Ormuz sigue cerrado, Trump no consigue un acuerdo para abrirlo y no puede hacerlo a la fuerza. El suministro de petróleo al mundo ha disminuido en 1.000 millones de barriles, la economía norteamericana está bajo una fuerte tensión inflacionista, los sondeos electorales son malos para los republicanos y los 'stocks' de municiones de su ejército se reducen tanto como las reservas de petróleo en el mundo.

Como el canciller alemán ha dicho, los EEUU están siendo humillados por una potencia de rango medio y no tienen una estrategia de salida de la situación a la que les ha empujado Netanyahu, que llevaba 20 años intentando convencer a un presidente norteamericano para que atacara a Irán. Mientras, él sigue bombardeando el Líbano y prorrogando el drama de Gaza y ahora en la Cisjordania palestina. Es el mismo canciller alemán que decía que no iba a molestar al amigo americano recordándole el derecho internacional, cuando había que agradecerle que “nos hicieran el trabajo sucio”. Su cambio de opinión le ha costado la retirada de 5.000 soldados norteamericanos de Alemania, en otro episodio del debilitamiento de la Alianza Atlántica que muchos europeos, sobre todo desde Bruselas, se empeñan en no querer ver.

Trump le pedirá a Xi ayuda con los iraníes y Xi le recordará que las relaciones chino-norteamericanas dependen de su posición con Taiwán y le invitará a la prudencia en el suministro de armas a Taipéi. La cuestión tecnológica es el telón de fondo de esta visita y, por eso, Trump ha ido acompañado de los señores del imperio digital norteamericano, desde Musk a Apple. Pero se plantea en términos diferentes que hace dos meses, cuando Trump pensaba ir a Pekín para obtener sabrosos contratos para su economía.

En comercio exterior, también acude en malas condiciones después de que los tribunales hayan invalidado su política de aranceles, a los que China se opuso firmemente. Ahora, quiere que Trump levante la prohibición a Nvidia de exportar sus chips más avanzados y el salto en Bolsa de esa empresa parece presagiar que lo va a conseguir.

En realidad, China también puede celebrar los mejores 50 años de su historia moderna, desde la apertura al mundo que representó la famosa visita a Mao de Kissinger. Fue otro norteamericano en Pekín, pero eran otros tiempos.

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