
Periodista
Sánchez no es el uno, es el cuatro
Nada de lo que el ego inflamado de Aldama afirme sobre sí mismo tiene el mínimo valor, pero conviene escucharlo con suma atención cuando se refiere al PSOE, que lo cobijó como a un hijo pródigo
¿Qué tiene que aclarar la sentencia del Supremo sobre Ábalos, Koldo y Aldama?

Sara Fernández
Se colocaba a Felipe González en la cúspide del GAL, se le crucificaba en una ‘X’ en el vértice de la pirámide del terrorismo de Estado. Era una construcción sin refrendo judicial, dado que el presidente del Gobierno solo declaró como testigo. Sin embargo, la adscripción estaba justificada políticamente, porque «¿de quién dependen los ministros?». La pasión española por las jerarquías ha renacido en el Supremo, donde Víctor de Aldama ha gozado de una generosa libertad de expresión. El arrepentido dibujó el escalafón de su presunta organización criminal, reservándose el dorsal número cuatro. Se colocó incluso por detrás del tres Koldo, del dos Ábalos y, ni corto ni perezoso, endosó el uno a Pedro Sánchez.
Nada de lo que el ego inflamado de Aldama afirme sobre sí mismo tiene el mínimo valor, pero conviene escucharlo con suma atención cuando se refiere al PSOE, que lo cobijó como a un hijo pródigo. Con todo, el propio fiscal Luzón se sintió obligado a desmentir que Sánchez estuviera en la cima. Se sumaron al coro los valedores del presidente, que se atribuye en primera persona hasta el rescate del hantavirus. El comité de salvación olvida que hay algo peor que erigirse en el líder de la trama corrupta, y que consiste en verse relegado a la cuarta plaza del engendro.
El poder no mide la capacidad de mandar, sino de engañar, y el apolíneo Sánchez fue burlado con descaro por los otros tres. Su problema consiste precisamente en que no actuó como el número uno, sino que se despeñó al cuatro, un subordinado que no inspiraba el menor miedo a los uno, dos y tres. Su crimen consiste en que no actuó como presidente del Gobierno, y quedó subordinado a una pandilla vergonzosa hasta en el aspecto físico. Funcionaban con tal autonomía, que la participación de la Moncloa hubiera quedado relegada a un rol secundario. Cuesta imaginar a un Sánchez atribulado, temiendo lo peor y sin atreverse a desmontarlo. Su subsidiariedad asombra más que su ignorancia. Si te han de engañar, que sea por lo menos un Jeffrey Epstein.
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