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Opinión

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

Mundial, rúa, Florentino: un jeroglífico indescifrable

Rúa del lunes por las calles de Barcelona de los jugadores del Barça.

Rúa del lunes por las calles de Barcelona de los jugadores del Barça. / Jordi Cotrina / EPC

1.La prestigiosa publicación The Atlantic, que se edita en Washington, se hace eco de la cruda realidad del Mundial de fútbol que en unas semanas acogerán Canadá, Estados Unidos y México: “La triste realidad del fútbol internacional es que la Copa del Mundo genera muchísimo dinero... para la FIFA”. Tal como informó la edición de EL PERIÓDICO del 23 de abril, las tarifas -entradas y transporte- solo están al alcance de economías muy saneadas, por no decir de cuentas bancarias repletas de dólares. Recuerda The Atlantic que cuando los países organizadores presentaron su candidatura en 2017 prometieron transporte gratuito a los poseedores de entradas. La situación es hoy muy otra: un billete de ida y vuelta del centro de Manhattan al MetLife Stadium (Nueva Jersey), cuyo precio habitual es de 13 dólares, escalará hasta los 105 a pesar de las donaciones corporativas para abaratarlo -llegó a alcanzar los 150 dólares-, una tarifa en consonancia con el precio abusivo de una entrada general para la final que allí se jugará: 11.000 dólares si los idus de julio no lo remedian. Donald Trump, un multimillonario de aires imperiales, adelanta que no pagaría esas cantidades por nada del mundo.

Algo de profundamente perverso hay en todo ello, de negocio abusivo de una entidad privada con ganancias desatadas que se atiene a unos intereses contradictorios con los modestos orígenes del fútbol, como ha recordado el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, escandalizado con los baremos que manejan Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y sus cómplices en el abuso. Aseveró en su día Eduardo Galeano que “el fútbol es la más importante de las cosas que no son importantes” -es decir, es muy importante; es un mecanismo de socialización que opera a escala universal-, pero corre el riesgo de convertirse en un espectáculo en directo para bolsillos repletos y solo accesible para el resto a través de la televisión (los operadores, no siempre baratos). Entre la ingenuidad militante de los seguidores de unos colores que acuden al estadio con la camiseta de su equipo y ese desmadre financiero se abre en ese Mundial un abismo de la anchura y profundidad del cañón del Colorado; no cabe relación posible entre el deporte como instrumento educativo y las cifras imposibles para una familia con ingresos medios que quiera asistir a un partido del Mundial (no hay localidades a precios sensatos para la gran mayoría de partidos).

Un ejecutivo del Comité Olímpico Internacional afirmó hace 35 años que los deportes mayoritarios o multitudinarios solo tienen sentido si son espectáculos asequibles para la mayoría. El personaje, ya fallecido, creo que nunca llegó a ser presidente de nada, pero hilaba fino. El fútbol enfila el camino en sentido justamente contrario, en nombre de la rentabilidad del negocio propaga la idea de que el deporte no debe mezclarse con la política -¡todo es política o tiene una vertiente política desde el tiempo de los sumerios!-, y aquí paz y después gloria. Si ni siquiera alguien del perfil moral de Trump está dispuesto a pagar las barbaridades tuteladas por la FIFA, ¿qué explicación asumible pueden dar los organizadores del Mundial? ¿En la cabeza de que ultraliberal sin freno cabe que no sea cerrado el precio de las entradas como si se tratara de las acciones de Nvidia o de ACS, por citar un membrete con resonancias futboleras?

2.Al otro lado de la trinchera, la rúa del lunes en Barcelona, tan multiclasista y multicultural, operó como la antítesis de la contabilidad y los hábitos de la FIFA siquiera sea por un día. Los jóvenes y no tan jóvenes subidos en lo alto de los autobuses y la multitud en las aceras proyectaban una imagen con un cierto valor regenerativo o dignificador del deporte sin intermediarios. Fue solo una imagen, claro. Porque hay intermediarios, intereses creados y el entero entramado de un espectáculo servido por grandes organizaciones y estrellas millonarias, pero durante un rato el centro de una gran ciudad quedó paralizado por la celebración de un tangible emocional, por una movilización independiente de la cuenta corriente de cada uno de los movilizados.

Al día siguiente, en la sala de prensa de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, sucedió justo lo contrario: apareció Florentino Pérez para recordar que, finalmente, la cosa va de poder, de deformar la realidad, de difundir una realidad alternativa o deforme, metido el presidente en un laberinto sin salida de arremetidas contra los medios que no le son propicios o no le rinden vasallaje (muchos y muy solventes). Recordó el presidente a otro presidente, Donald Trump, que se dedica a denostar a grandes medios -The New York Times, CNN y otros- que no le ríen las gracias ni ven en él a un ser superior (una descripción de orden futbolero). Se adueñó de la atmósfera de la tarde en Valdebebas la única certidumbre fácilmente constatable: hace tanto tiempo que se fue por el sumidero la edad de la inocencia del fútbol que el precio de las entradas del Mundial y el discurso inconexo de Pérez son tributarios de la misma lógica del poder, de las grandes cifras, de la utilización de las emociones.

Hace más de medio siglo, el periodista José Luis Lasplazas (1897-1975), dejó una frase para la pequeña historia, más o menos de ese tenor: el fútbol dejó de ser un deporte entre amigos cuando los clubes empezaron a pagar las botas a los jugadores. Era 1973 y se negociaba el fichaje de Johan Cruyff por el Barcelona, el joven periodista Álex Botines metido de hoz y coz en desentrañar aquel jeroglífico indescifrable entre el Gobierno -Franco, en el puente de mando-, el Barça, el Ajax, el jugador, el suegro del jugador y quizá alguien más. Visto hoy, aquello fue un juego de niños, uno de los muchos prolegómenos que anunciaron lo que estaba por venir. Hubo gran asombro cuando apareció Cruyff en la tele en un anuncio de pinturas; hoy anuncian los futbolistas coches de lujo, entidades financieras, multinacionales de comida a domicilio, resorts y otras muchas cosas; se cierran negocios en los palcos -en el del Bernabéu, donde más- y los grandes bancos acuden en procura de los grandes clubes para que no decaiga el negocio o para adueñarse de ellos si algo falla. Es fácil concluir que la cosa no tiene remedio, aunque el fútbol siga siendo la más importante de las cosas menos importantes.