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El gran secreto del Barça es el fuet
Este equipo no solo respeta las tradiciones, sino que las genera
Barcelona se viene arriba con la rúa del Barça: del helado de Szczesny a los balones de playa en cinco horas de fiesta

Barcelona. 11.05.2026. Deportes. Rua por las calles de Barcelona de los jugadores del Barça como celebración del título de liga. Fotografía de Jordi Cotrina / Jordi Cotrina / EPC
A la pregunta casi retórica, surgida en el asombro ante cualquier pandemia de talento, de “¿pero qué les dan para ser así?”, la respuesta en el caso de La Masia empieza a ser clara: fuet. Les dan fuet.
Otras escuelas, con nombres tan industrialmente feos como La fábrica, pueden trabajar la salida con balón y el perfil orientado, pero pasan por alto el gran secreto: La Masia, en realidad, bien podría rebautizarse como Spotify Casa Tarradellas.
Inventó Josep Pla un aforismo casi convertido en eslogan: “La cocina de un país es el paisaje llevado a la cazuela”. El fuet no solo es la cultura embutida en una flauta, sino también el idioma de nuestra adolescencia, sobre todo cuando se engulle a mordiscos.
En la rúa de la pasada temporada, Pau Cubarsí cazó al vuelo un espetec como un crío Miyagi oriental atraparía una mosca con dos palillos. Obviamente, no dispuso una tabla de madera en un mantel de cuadros para rebanarlo con un cuchillo de sierra. Mucho menos lo desfolió (en otras palabras, prefirió zamparse el fuet con la piel... blanca). No, el central hizo lo que hemos hecho todos al volver de una pachanga o de una farra: ajusticiarlo con quijada portentosa.
Decía aquel que la historia ocurre primero como tragedia y luego como farsa. En algunos casos, es primero como comedia y luego como Barça: lo que primero es un gag azaroso y natural se repite, más adelante, casi como manifiesto. Eso sucedió en la rúa de este año: volaban fuets hacia la azotea del bus. Uno de ellos fue interceptado por los dos centrales del equipo, Cubarsí y Gerard, que triangularon con Casadó, el medio centro. El típico peloteo del Barça cuando no quiere perder el control del balón (del fuet) ni rifarlo. Así, los tres posadolescentes catalanes fueron mordisqueando el fuet pintando al óleo un retrato de lo que significa ser: nosotros. De hecho, para serlo, habría que funcionar como tierra de acogida, así que intentaron cederle el fuet (el balón) a Cancelo. El portugués, pese a sentir demencialmente los colores, lo miró como si le estuvieran ofreciendo un revólver caliente.
“Volem tenir la pilota”, dice un adagio blaugrana. “Volem tenir el fuet”, parecían decir ellos. Porque el fuet, como el balón, exige sus normas. Cuando eres adulto, un fuet no se deja a medias: se remata, pero de una forma algo abochornada, con viajes furtivos a la cocina para cortar una redondita más. Pero si aún vives en la isla de las primeras veces, que es la vejez de la infancia, si todavía eres adolescente, el fuet se come así, a mordiscos ansiosos. No es solo ganar, sino cómo se gana. No es solo comerlo, sino cómo se come. El fuet, insistimos, es el esperanto culer, la ambrosía de nuestro Olimpo de dioses de la ESO.
Por supuesto, no fue el único momento mágico, porque este equipo no solo respeta las tradiciones, sino que las genera. El penal de Pedri a su padre, los jugadores reivindicando el Bicing, Casadó y Balde como niños locos (en Canaletes o Plaça Catalunya), Fermín con bufanda antimadridista y Raphinha aferrado a las copas. En la proa del bus, Lewandowski y Szczesny (integradísimos a pesar de ser dos apellidos que ni un solo catalán podría escribir sin hacer Corta y pega con el Word), recreando la escena más bonita de un Titanic que no se dirige al hundimiento, sino al vuelo. Uno querido por sus disparos (a gol); el otro, por sus tiros (al piti). El primero, por cierto, enarboló una estelada. Al fin y al cabo, ellos dos no botarían ante el cántico mesetario de “polaco el que no vote”. Ambos, casi cuarentones, como los padres que nos emborrachamos cuando los niños juegan. Pero pasa que no solo juegan. Porque había otra bandera en el bus: Lamine, ondeando con orgullo un poco de dignidad para el pueblo palestino.
A las 18.35 escribí a Jordi Puntí para decírselo: “Acabo de ver la rúa con el niño en Urgell con París. Magnífica. Chesni fumador. Pero no me quedaré tranquilo hasta que Cubarsí le dé caña a un fuet”. Luego tuve una presentación del libro de Vázquez Sallés, pero al salir me esperaba un mensaje de mi amigo: era un link con los tres de La Masia dándole duro a la flauta embutida. No sé si lo he confesado ya: el único 'sticker' que uso, cuando algo me gusta, es una rodajita de fuet con forma de corazón.
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