
Periodista
Y al final, terminas pidiendo flan
Hacerse viejo es una mierda pero, como dijo aquél, la alternativa es peor todavía

Una señora mayor leyendo un libro en la calle. Foto de recurso. Lectura. Tercera edad. Ancianos. Jubilados. Mujer / MIGUEL ANGEL GRACIA / EPA
Tengo grabado en la memoria, no sé por qué se ha quedado ahí, el día que le pregunté a mi abuela cuántos años tenía y me respondió que 63. El recuerdo de aquel día es tan nítido que podría describir cómo iba vestida ella, en qué habitación del viejo piso tuvo lugar la revelación y hasta lo que me dio de merendar después. Hace un mes, glups, cumplí yo 63. Eso sí, sin nieto que me ladre.
Será casualidad, pero un par de días después fui al banco a realizar un trámite, y mi gestora me preguntó si no estaría interesado en un seguro de deceso. Debió confundir mi cara de terror con indecisión, porque se apresuró a añadir que el seguro incluye la repatriación del cuerpo si la espicho en otra parte del mundo. “Ah, en este caso sí”, estuve a punto de añadir. Pude contenerme y salí del banco con cierta dignidad, aunque trastabillando.
No me había recuperado aún, que al día siguiente tuve revisión médica rutinaria. “Uy, veo que tiene usted 63 años, le voy a dar hora para realizar un control cardiovascular, a partir de cierta edad es mejor prevenir”, me dijo la doctora. Ni siquiera pude responderle que no se preocupara, que ya tengo seguro de deceso, porque lo había rechazado un día antes.
Bah, qué sabrá la gente, uno va cada día al gimnasio, se siente, mejor dicho, está fuerte como un roble. Dicho y hecho. Me impuse hacer unas cuantas series de abdominales para demostrar al mundo mi juventud. Entre serie y serie, estando tumbado en la colchoneta, se me acercó una chica, preocupada: “¿Se encuentra bien, señor?”, me preguntó agachándose hacia mí. No quiero imaginar qué aspecto debí de ofrecerle.
Hace solo una semana, al llegar a la redacción, me esperaba el administrador para comunicarme que se avecinan elecciones sindicales. Por lo menos no me ha hablado de la jubilación, pensé. Fue peor: “Como persona de más edad de la empresa, te toca formar parte de la mesa”. Le agradecí el uso del eufemismo para evitar llamarme el más viejo de todos o el carcamal del periódico.
No puedo quitarme de la cabeza mi edad, que era la de mi abuela, ni en el restaurante. La camarera me recitó ayer los postres del menú: tatín, 'pannacotta', 'eclair' (o algo así) y flan. Tuve que escoger el flan porque, snif, era lo único que, como un auténtico abuelo, conocía.
Hacerse viejo es una mierda pero, como dijo aquél, la alternativa es peor todavía.
Suscríbete para seguir leyendo
- Los psicólogos coinciden: levantar la voz no significa ser dominante sino más bien todo lo contrario
- Mueren el youtuber Gaspi y el cantante Oliver Tree en el accidente de helicóptero en Río de Janeiro
- Alfonso Muñoz, funcionario de la Seguridad Social: 'La demanda de empleo puede tener consecuencias muy importantes en las futuras prestaciones
- Quiebra una histórica cooperativa que empleaba a 400 personas: 'No salían los números y el gerente pagaba webs de citas con nuestro dinero
- España no convence a Europa para obligar a las aerolíneas a que la maleta de mano sea gratuita en los aviones
- Un informe denuncia la cooperación de China, Rusia e Irán con las redes criminales en Latinoamérica
- David Bueno, neurocientífico: 'Cuando una niña llega a adolescente, cambia la respuesta cerebral al oír la voz de su madre
- Muere una joven de 21 años cuando hacía puenting tras ser arrojada accidentalmente sin cuerda en Brasil