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Opinión | CORTO Y AL PIE
Gemma Martínez

Gemma Martínez

Directora de EL PERIÓDICO

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Catalunya en vilo por otra huelga educativa que golpea el final del curso

Manifestación de profesores en huelga, en Via Laietana.

Manifestación de profesores en huelga, en Via Laietana. / Ferran Nadeu / EPC

Catalunya afronta de nuevo una huelga educativa en el tramo final del curso, cuando cualquier interrupción tiene un impacto inmediato en el funcionamiento de los centros. Con ella, regresa una sensación ya conocida, la de un sistema educativo atrapado en el conflicto. Una vez más, los alumnos quedan relegados a un segundo plano en un enfrentamiento que no han elegido ni pueden evitar. 

Conviene partir de un hecho difícil de discutir: el malestar del profesorado es real. El menor poder adquisitivo, las ratios elevadas, la burocracia creciente, la falta de recursos en las aulas complejas y la sucesión de reformas han erosionado las condiciones en las que se ejerce la enseñanza. A ello se suma una pérdida progresiva de autoridad en el aula, que dificulta la tarea educativa e incrementa la sensación de desgaste y desprotección entre los docentes. Negarlo sería injusto. 

También es cierto que un sistema educativo no puede gobernarse solo desde la urgencia y cuando el malestar ya ha estallado. El Departament d’Educació tampoco puede salir indemne de esta situación. Durante años se ha exigido a los profesores adaptarse a una escuela cada vez más exigente, sin que siempre hayan percibido un respaldo equivalente ni una hoja de ruta clara. Gobernar también es prevenir el conflicto y construir confianza antes de que se enquiste. 

Esta vez, además, los propios representantes del profesorado aparecen divididos. Mientras algunos han considerado suficiente el acuerdo alcanzado con Educació, otros lo rechazan y mantienen las movilizaciones. El resultado es un escenario fragmentado que proyecta sobre el sistema y sobre las aulas una sensación de desorden difícil de ignorar. 

El derecho a la huelga es incuestionable. Pero su uso recurrente, en un contexto de división interna, corre el riesgo de desgastar su legitimidad y de trasladar sus costes a alumnos y familias. Catalunya necesita ya un pacto real, estable y exigente. Porque los alumnos no pueden seguir siendo los daños colaterales de un conflicto que se repite una y otra vez. 

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