Opinión | La Oreja de Van Gogh

Periodista
Mil rosas para Amaia
La victoria es haber vuelto en medio de miles de fans que se quedaron atrapados en el tiempo, que la han esperado con mil rosas y que aplauden unas canciones que forman parte de las bandas sonoras de sus vidas

La cantante Amaia Montero, durante el concierto de La Oreja de Van Gogh en Barakaldo este sábado / Miguel Tona / EFE
Amaia Montero ha vuelto. Y la noticia es y pretendía ser esta. No cómo ha vuelto. Ni tan solo por qué. A veces, la victoria pasa simplemente por regresar de lo que ella misma definió como el "infierno". Resucitar de un lugar en el que llegó a no reconocerse a ella misma. Y hacerlo, además, arropada por miles de fans que siempre entendieron que, sin ella, La Oreja de Van Gogh ya no era La Oreja de Van Gogh aunque durante casi dos décadas mantuviera el nombre con otra buena vocalista.
Porque la nostalgia pesa y pasa por encima de todo, también de la calidad musical. Ella sabe, y lo verbaliza, que hay notas a las que no llega. “Esta la he cantado mal”, llegó a reconocer tras ese Dios en el que dice creer a su manera. Pero al final lo que queda es que no pretende sobresalir con su voz, sino no haberla perdido y dar por superada una etapa personal de unos años "con muchas vidas" durante los que pensó que nunca volvería a subirse a un escenario.
Para ella, la victoria es haber vuelto en medio de miles de fans que se quedaron atrapados en el tiempo, que la han esperado con mil rosas y que aplauden unas canciones que forman parte de las bandas sonoras de sus vidas. Pero también una historia de superación, y por eso se lo perdonan todo. En algunos momentos asoma la Amaia que un día fue la 'reina del Pop'. En otros es solo un espejismo borroso y lánguido de una diva sin nombre tratando de simular que el tiempo no ha pasado.
Pero su público la adora, la quiere y la vuelve a querer porque también se ha hecho mayor y conectar con su “yo” de los 20 lo reconcilia con muchos deseos de cosas imposibles. Ahí está la clave del éxito del concierto que vemos destacado por todas partes en medio, también, de críticas despiadadas de quienes quizás no están impregnados por el clima o que, simplemente, estaban al acecho de los errores y la imperfección. No se paga por un espectáculo musicalmente impecable. Se paga por un ratito de vuelta al pasado de miles de personas a esas playas de sus vidas con sus virtudes y sus defectos. Y se abraza todo, y punto.
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