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Una visita histórica

La trascendencia del viaje se apreciará en los detalles y en los mensajes papales ante los graves problemas que acechan a la humanidad

España se prepara para la visita del Papa: un viaje de siete días con encuentros con sintecho y migrantes

El papa León XIV.

El papa León XIV. / Maria Grazia Picciarella

Quince años después de la última visita de Benedicto XVI, para la Jornada Mundial de la Juventud de 2011, un Santo Padre llegará a España para un viaje apostólico de larga duración (del 6 al 12 de junio) que se presenta con una elevada dosis de compromiso social. El papa Francisco, en todo su pontificado, no pisó territorio español, en parte por las discrepancias con la Conferencia Episcopal Española (CEE), mientras que León XIV ha escogido el país como uno de los primeros destinos internacionales, en unos momentos en los que el Vaticano está en el centro de la geopolítica global. El viaje nace, en primer lugar, de la respuesta positiva del Vaticano a la petición de que el Papa intervenga en la conmemoración del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, con la esperada bendición de la recientemente erigida Torre de Jesús, que ha convertido el templo de la Sagrada Família en el más alto de la cristiandad. Tanto la trascendencia de la obra como la devoción religiosa del famoso arquitecto fueron motivos suficientes para la programación de la visita, mientras se espera el desenlace del proceso de beatificación que se sigue en el Vaticano, después de que el arquitecto fuera elevado hace un año a la condición de “venerable siervo de Dios”.

Un evento de este tipo, sin embargo, va más allá del reconocimiento a Gaudí y, a instancias de la CEE, se ha convertido en un programa ciertamente maratoniano que incluye eventos de todo tipo, desde los estrictamente religiosos, íntimos o multitudinarios, a los de tono más institucional y político, como la presencia del Papa en una sesión conjunta del Congreso y el Senado, sin olvidar las citas de resonancias sociales, que ocupan un lugar muy destacado en la agenda española del pontífice.

Un viaje de este tipo siempre viene cargado de mensajes, atendiendo a la tradicional diplomacia vaticana, y al mismo tiempo, con una simbología relevante. Aquí deben ubicarse, por ejemplo, la primera etapa en Carabanchel, en un centro de Cáritas para las personas sin hogar, o la etapa final en Canarias, con un acento singular en el angustioso problema de las personas migrantes y de todos aquellos que luchan por un futuro mejor, arriesgando sus vidas en el océano. Sin olvidar, por supuesto, la mención a la comunidad agustiniana de la iglesia de Sant Agustí, en Barcelona, y del trabajo vertebrador con inmigrantes en el barrio de Sant Roc de Badalona, o el encuentro con presos en Brians1.

La visita llega en un momento crucial, en el que León XIV se ha erigido como una referencia moral de primer orden ante las diatribas y las acciones bélicas de Trump, un tema que estará seguro sobre la mesa y en el que el presidente Pedro Sánchez querrá aprovechar para recibir un espaldarazo a su política exterior. Pero también, en clave interna, por la implicación de la Iglesia en relación a las víctimas de pederastia y por la inquietud del Santo Padre por el auge de la extrema derecha y de su relación con determinadas corrientes ultracatólicas.

El viaje tendrá momentos culminantes, desde la visita a Montserrat a los encuentros con jóvenes, los conciertos, las vigilias y las misas en grandes espacios abiertos, con una previsible asistencia récord, pero la trascendencia del mismo se apreciará en los detalles, en los mensajes, en el posicionamiento papal ante los graves problemas que acechan al país y a la humanidad.