
Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
Trump ante su fracaso en Irán
El presidente de EEUU ni siquiera ha logrado que los nuevos gobernantes iraníes acepten una negociación directa sobre la base de las condiciones que ha presentado hasta ahora
Irán ha golpeado con fuerza las bases de EE UU en los países árabes y ha inutilizado varias de ellas

Leonard Beard. / 5
Al igual que le ocurre a Vladimir Putin en Ucrania, Donald Trump está empantanado en Irán, muy lejos del sueño en el que ambos se veían engrandecidos por unas aventuras militares que les iban a reportar una victoria rápida e inapelable a su mayor gloria personal. Y si hoy Moscú teme un ataque ucraniano que arruine su desfile del Día de la Victoria, Washington ha quedado completamente desairado tras el rotundo fracaso de su Proyecto Libertad, con el que pretendía forzar el levantamiento del bloqueo iraní en Ormuz y el restablecimiento del libre tránsito del tráfico marítimo a través de sus aguas.
Para mayor escarnio cabe recordar que ya antes había fracasado, junto con Binyamín Netanyahu, en su intento de derribar por la fuerza al régimen iraní, eliminar su programa nuclear, reducir al mínimo su programa y su arsenal misilístico y suprimir el apoyo financiero y militar que Teherán presta desde hace tiempo a sus principales peones regionales (Hezbolá, Hamás, Ansar Alá). De hecho, ni siquiera ha logrado que los nuevos gobernantes iraníes acepten una negociación directa sobre la base de las condiciones que EEUU ha presentado hasta ahora. Y por el camino, sin lograr uno solo de los objetivos perseguidos, Trump ha despilfarrado no solamente la imagen de Estados Unidos como la superpotencia militar por excelencia, incapaz de doblegar a un enemigo sobradamente experimentado en la estrategia de resistencia a toda costa, sino que también ha arruinado su poder blando, convertido hoy en un socio indeseable para muchos de los que antes aspiraban a sus favores.
A partir de este punto se abren dos pautas de actuación. La primera, guiada más por la soberbia y la realidad paralela en la que Trump lleva tiempo instalado, apunta a redoblar el castigo económico y militar. Por esa vía, manteniendo el bloqueo naval superpuesto al establecido previamente por Irán y empleando a fondo a los dos grupos de combate aeronaval desplegados en la zona -con unos 50.000 efectivos encuadrados en una veintena de buques de guerra, alrededor de 200 aviones y varios miles de marines-, aspiraría a vencer finalmente la voluntad de resistencia iraní, obligándole a aceptar una claudicación inequívoca. Sería, en resumen, más de lo mismo, convencido de que impedir a Teherán que pueda vender sus hidrocarburos (hasta el punto de tener que cerrar sus pozos por falta de capacidad para almacenar lo que extraiga de ellos) y unos cuantos golpes más llevarán a los pasdarán a aceptar lo que hasta ahora rechazan.
La segunda, alejada de la visión iluminada que caracteriza hoy a la Casa Blanca, lleva a buscar una negociación como única forma de salir del pozo en el que Trump se ha metido. A ese punto se llegaría tanto por la evidente constatación de que la capacidad iraní para absorber los golpes sin romperse excede las previsiones de quienes se han atrevido a violar nuevamente el derecho internacional sin disimulo, como también por evitar los efectos negativos que ese aventurerismo militar tiene ya en el seno del movimiento MAGA y, más aún, en los votantes que el próximo mes de noviembre se acerquen a las urnas en las elecciones de medio término, mientras el galón de gasolina ya ha alcanzado los 4,5 dólares.
El régimen iraní sabe que su supervivencia a largo plazo pasa por algún tipo de acuerdo con los estadounidenses. Depende de si se acaba imponiendo la soberbia o el realismo
Ante esa disyuntiva, sin descartar la opción de combinar ambas vías, Trump y sus allegados dudan. Por un lado, temen que ni siquiera el empleo de todos los medios militares acumulados en el Golfo les garantice un resultado positivo en ninguno de los capítulos pendientes, lo que los hundiría aún más en el pozo, dilapidando más poder militar y más prestigio. Pero también temen que por la vía del pacto no consigan más que alcanzar un acuerdo para definir un marco general de negociación que sirva para iniciar un proceso de largo recorrido incluyendo todos los temas ya mencionados. Suponer, como parece imaginar EEUU, que Irán va a renunciar de partida a sus dos principales bazas- programa nuclear y control de Ormuz- es, nuevamente, salirse de la realidad.
En todo caso, lo que aumenta la probabilidad de que finalmente esta sea la alternativa elegida es el hecho de que Irán sabe que su supervivencia pasa por algún tipo de acuerdo. Depende de si se impone la soberbia o el realismo.
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