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Opinión | Conocidos y saludados
Josep Cuní

Josep Cuní

Periodista.

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Mónica García: virus, caos y orden

No estaría de más que la titular de un ministerio tan sensible aprovechara la ocasión para hacer prevención y tomar nota de la ciencia ficción de ayer que es crónica de hoy y guía premonitoria del futuro

Bronca entre la ministra Mónica García y el presidente Clavijo por la orden de enviar a Canarias el crucero afectado por el hantavirus

Mónica García, durante la rueda de prensa del pasado día 6, donde informó sobre el hantavirus.

Mónica García, durante la rueda de prensa del pasado día 6, donde informó sobre el hantavirus. / José Luis Roca

A fuerza de abusar de palabras mayores solo se consigue rebajar su importancia. Hace ya tiempo que la política entró en esa etapa en la que la exageración permanente para desacreditar todo lo que hace el contrario produce una banalidad lingüística tan lamentable como imprudente. Olvidando el previsible efecto 'boomerang' que sufrirá cuando se asuma la responsabilidad que hoy administra el contrario, desprecia la advertencia aristotélica de que todos los gobiernos mueren por la exageración de su principio. Añadamos los partidos y todos contentos por incluidos, pero también todos perdedores por cómplices.

Aun así, nada indica que la tendencia vaya a ser reversible. Ya dijo Salvador Dalí que de lo único de lo que el mundo no se cansará nunca es de exageración. Sabía de lo que hablaba por su práctica habitual de la desmesura que, en ocasiones, perjudicó el valor real de su obra.

No obstante, en estos tiempos nuevos, el nunca satisfecho grado superlativo impuesto por la presión de las redes está empujando la tendencia a una hipérbole creciente, donde la desaparición de los límites hace creer que todo es posible porque todo está permitido y no pasa nada. Error. Todos los actos tienen consecuencias solo que estas no siempre llegan de inmediato.

“Caos absoluto” es la expresión que esta semana evidencia el despropósito. Más, si cabe, porque el PP la ha utilizado para describir el lógico desconcierto inicial y el pavor consiguiente provocados por otra palabra -“hantavirus”– desconocida hasta ahora fuera de los ámbitos médicos especializados. La señalada como responsable de la supuesta anarquía es Mónica García Gómez (Madrid, 16 de enero de 1974).

La ministra de Sanidad, que explicará en el Congreso los pasos dados ante la nueva emergencia, está lidiando una situación compleja. Por un lado, por el riesgo que corren 14 de sus compatriotas dispuestos a someterse a cuarentena cuando desembarquen el domingo en Tenerife. Por otro, por la dimensión internacional que se desprende de la reunión de 22 nacionalidades en una misma nave de la que, para ser repatriados, primero deben ser rescatados.

Más allá de este nuevo episodio no parece que la anestesióloga García haya conseguido sedar los ánimos largamente alterados de una parte de su propio colectivo profesional ni de su compañera Margarita Robles que, matizando una cuestión legal, dio pábulo a la imagen de Gobierno descoordinado.

Quienes se rasgan sus frágiles vestiduras deberían saber que el estilo directo de Mónica García ya quedó reflejado en 'Política sin anestesia', el título del libro en el que describe su salto del activismo en defensa de la sanidad pública a la Asamblea de Madrid. Fue en la sede autonómica donde exhibió la contundente rivalidad con Isabel Díaz Ayuso que la promocionó para su responsabilidad actual.

Pero de aquellos vientos las redes, siempre atentas e inclementes, exhiben incoherencia por denunciar entonces la repatriación por ébola con argumentos contradictorios con los que defiende ahora por hantavirus.

Como todo en esta aventura evoca una serie distópica, no estaría de más que la titular de un ministerio tan sensible aprovechara la ocasión para hacer prevención y tomar nota de la ciencia ficción de ayer que es crónica de hoy y guía premonitoria del futuro. ¡Ah! Y recordar a quien corresponda que sin caos no hay orden.

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