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Opinión | Ágora
Dolors Montserrat

Dolors Montserrat

Secretaria general del Partido Popular Europeo.

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Un refugio seguro frente a la barbarie

En un mundo obsesionado con el poder y la fuerza bruta, la fortaleza más sólida de Europa siguen siendo sus principios intangibles

Archivo - Sede de la Comisión Europea en Bruselas

Archivo - Sede de la Comisión Europea en Bruselas / Alicia Windzio/dpa - Archivo

En esta vorágine impredecible en que se ha convertido el mundo, Europa es hoy el único refugio que les queda a quienes buscan algo seguro a lo que agarrarse. No porque la Unión viva ajena a la larga lista de crisis, conflictos, desafíos y noticias que se amontonan cada día sin que hayamos todavía terminado de digerir Ucrania, la guerra arancelaria, la caída de Maduro o el giro hacia la competitividad, la defensa y la soberanía, sino por algo más sencillo que define el éxito de Europa y trasciende a cualquier tormenta geopolítica: la confianza que nuestros valores inspiran al mundo.

Esa es la paradoja que hace realmente singular a Europa. Que en un mundo obsesionado con el poder y la fuerza bruta, su fortaleza más sólida sigan siendo sus principios intangibles.

He podido comprobarlo varias veces a lo largo de estos siete años como eurodiputada en Bruselas, en el Brexit, en la respuesta al COVID, en la invasión de Ucrania, la guerra arancelaria, la caída de Maduro y, en estas últimas semanas, con el conflicto de Irán. Pero siempre fue una visión parcial, desde dentro. Hoy, cumplido el primer año como Secretaria General del Partido Popular Europeo, es cuando veo por primera vez la verdadera dimensión del mapa geopolítico, el peso de la historia y la enorme responsabilidad que Europa tiene como epicentro de la democracia.

Washington, Beirut, Roma, Sao Paulo. Pero también Larnaca, Budapest, Sofia, Tirana, Podgorica y cada una de las pequeñas ciudades visitadas a lo largo de este año componen una geografía de realidades que nos obliga a redoblar la defensa de todo lo que nos define —libertad, Estado de Derecho, dignidad y raíces cristianas— para seguir siendo el faro de aquellos ciudadanos en Venezuela, Cuba, Nicaragua, Irán o Líbano, que siguen esperando el regreso de la democracia.

Toda esta lucha camina en paralelo a los desafíos económicos y geopolíticos que Europa ya está abordando en su carrera por recuperar el liderazgo global. El retroceso del socialismo en las urnas europeas la ha devuelto al centro de la política continental los principios que la fundaron. Pero hay una realidad que tampoco podemos obviar. Europa tiene enemigos también dentro de la Unión Europea. Presidentes disfrazados de demócratas que renunciaron hace años a los valores que nos dieron nuestros padres fundadores. El relativismo moral encarnado en Pedro Sánchez está poniendo en riesgo no solo la democracia en España, sino la cohesión de los Veintisiete. Y esto es algo que la sociedad española debe saber.

Porque no son hechos aislados. El arrodillamiento de Sánchez en Pekín, la invitación a Delcy Rodríguez (sancionada por Europa) en la Cumbre Iberoamericana de Madrid o la regularización de un millón de inmigrantes sin respaldo de Europa son los tres últimos pasos de una estrategia perfectamente diseñada para destruir la coherencia y la credibilidad de Europa frente al mundo.

Sánchez ha convertido a España en el miembro europeo de los BRICS. Si en España incumple la Constitución, ataca a los jueces, censura a la prensa y no rinde cuentas ante el Parlamento, en Bruselas es el paria que incumple el compromiso de gasto en defensa, compromete la seguridad europea firmando contratos oscuros con Huawei y firma alianzas con China por intereses puramente personales.

No lidera. No aporta. No influye. Nadie le cree, ni siquiera los pocos socialistas que quedan en Europa. Su presencia es una anomalía que acabará el día que tenga la valentía de convocar elecciones y dejar hablar a los españoles.

Pero mientras llega ese momento, el Partido Popular seguirá defendiendo Europa desde todas las instituciones, denunciando todos los escándalos, todos los ataques y todas las amenazas que representa Sánchez para España y para la Unión Europea.

Lo haremos exigiendo independencia radical de los jueces y respeto absoluto al Estado de Derecho.

Lo haremos denunciando la corrupción que corroe al gobierno, cuyo único propósito es mantener con vida a un presidente aislado, acabado y parasitado por sus socios.

Y lo haremos alertando del peligro de la regularización masiva de Sánchez. Una regularización de más de un millón de personas sin transparencia ni control que pone una alfombra roja al crimen, fractura la confianza en Schengen y atenta contra el Pacto Europeo de Migración y Asilo. Porque solo Europa decide quién entra en Europa.

Europa no permitirá que Sánchez ni nadie destruya lo que tanto ha costado construir. No habrá autócrata disfrazado de demócrata que ponga de rodillas un proyecto que nació por la paz, la libertad y la unidad de las naciones.

Porque, como dije hace un año en Valencia, Europa no se hereda, se merece, se construye y se defiende. Y no solo cada 9 de mayo. Cada día, en cada nación, cada calle y cada casa. Confiando en aquello que nos ha convertido en el mayor experimento político de la historia y nos ha permitido salir más fuertes de cada crisis. Mientras Europa siga viva, habrá siempre una respuesta de libertad a un futuro incierto. Pero debemos hacerlo juntos. Si nos mantenemos unidos, esta casa, Europa, la casa de los libres, no se cerrará jamás.

Feliz día, europeos.