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Opinión | La Calle Nueva
Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista y escritor

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Fuera de juego

He perdido a una gran amiga, una periodista ejemplar, Soledad Gallego-Díaz, que fue una benefactora del periodismo y de las personas

Muere Soledad Gallego-Díaz, primera mujer directora de 'El País'

Soledad Gallego-Díaz.

Soledad Gallego-Díaz. / Luis Eduardo Noriega / EFE

En este momento estoy viajando a Barcelona, desde Madrid. He perdido a una gran amiga, una periodista ejemplar, Soledad Gallego-Díaz, que fue una benefactora del periodismo y de las personas, desde su juventud hasta su último suspiro.

Hace unos días, el día anterior a su muerte, le escribí diciéndole que iba viajando a Barcelona, precisamente. Muchas veces le escribí por cualquier cosa, del periodismo, de los libros, de la vida, y siempre respondía. Era rápida, voluntariosa, cálida, con todos, con los periodistas, con los que hacen política, con los que hallaba por los caminos, con los amigos, con todos los amigos. Era dura consigo misma, no decía las cosas por decirlas. Como ocurría con sus textos, los que tuvieran que ver con su opinión o con los que se referían a lo que la información obliga, Sol se revisaba a sí misma, no hablaba por hablar, era siempre ella, pero no te arrojaba a la cara lo que ella era.

Ese martes en el que le dije que estaba haciendo aquel viaje a Barcelona me habían dicho que quizá respondería, pero ya Sol no respondió más. Sol murió al filo de la media noche y la luz se hizo oscuridad para los que vieron en ella, a lo largo de los años, una amistad que excedía todos los abecedarios. Fue corresponsal, subdirectora de Juan Luis Cebrián en El País, directora de su periódico teniendo a su lado a su mejor amigo, Joaquín Estefanía, que había sido a la vez el sucesor de Cebrián…

La vi entrar y salir de su periódico cuando este se le hizo esquivo, y cuando regresó Sol se puso al mando desde la primera tarde, como si estuviera reaprendiendo. Este martes murió Sol a los 75 años, junto con los suyos, a los que les dijo que organizaran una despedida sobria, en un cementerio alejado de Madrid. Que no se pasaran de tiempo: de las doce del mediodía a las cinco de la tarde podían velarla; luego, todo el mundo a sus puestos, cada uno con su tarea en el mundo, en la calle y en el mundo.

En su periódico de toda la vida, El País, la costumbre de siempre es hacer un receso a esa hora, las cinco de la tarde, en la que se toman las decisiones sobre lo que ha de ser la portada del día siguiente. Es posible que Sol pensara en eso, en esa hora, como un modo de guiño a quienes luego, en la sede del periódico, sobre ese momento de reloj, le rindieron un largo aplauso que tiene que ver con el amor que se le tenía y, en letras mayúsculas, con la admiración que siempre mantuvo entre los periodistas, los de su diario y todos los compañeros de otras cabeceras.

Ahora que ha muerto esos compañeros han contado las respuestas que les fue dando Sol a lo largo de la historia en que ella y nosotros trabajamos juntos. Para todos tuvo un consejo, o muchos; los abrazó cada vez que cada uno de ellos le pidió consejo o cualquiera de las cosas que uno le pide a los que tienen más valor, y más generosidad, que nosotros mismos.

Ahora se han divulgado algunas cartas que envió, en el momento casi final de su vida, a personas que trabajaron con ella y a las que señaló su deseo de estar cerca de ellos cuando era cierto que ya resultaba imposible que ella regresara entre nosotros.

Esa certeza que ahora constituye una realidad tan dura explica a Sol. Quienes estaban alejados de lo que para ella es el periodismo, por ejemplo, han salido a rendirle tributo. Sol no huyó nunca de los otros, y cuando no los entendía no rompía con ellos sino que trataba de encontrarlos en cualquier vereda de la vida. Una vez sentí en el periódico que compartimos la dureza que aguarda alguna vez en las redacciones. Jamás se olvidará a Sol, y jamás olvidaré ese momento en que subió a darme un abrazo como si me sacara de pronto de una tristeza que no puede parecerse, pero se parece, a esta que me acompaña ahora de nuevo a Barcelona. Fuera de juego estoy, qué pena dan las muertes, y qué pena es tantas veces la vida. De vegadas la vida no és més que por…

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