
Periodista
Los primeros de la fila
La cultura no la define solo lo nuevo, sino aquellos artistas que son también agentes activos de memoria colectiva y experiencia compartida, capaces de reunir a miles de personas y activar recuerdos compartidos
Manolo García y Quimi Portet: la química atómica de rock’n’roll, poesía y desvarío de la que nació El Último de la Fila

El Último de la Fila actúa en el Estadi Olímpic de Barcelona / FERRAN SENDRA / VÍDEO: SARA SOTERAS / ACN
El pasado domingo, hubo fiesta de EGB en el Estadi Olímpic. Manolo García y Quimi Portet, el Último de la Fila, oficiaron bajo la lluvia un concierto que conmovió a decenas de miles de personas. Los prolegómenos del concierto en los accesos estaban muy alejados de la imagen juvenil asociada a la música en vivo. El Último (70 años Manolo, 68 Quimi) ofició una sesión eminentemente generacional: no hubo hijos ni nietos en las gradas, tan solo jóvenes entre mediados de los 80 y mediados de los 90 que sabían jugar al Space Invaders.
Dos días después, el martes, en Elmont (Nueva York), Bruce Springsteen ofreció un concierto de casi tres horas. Empezó con una versión (‘War’, de The Temptations) y terminó con otra (‘Chimes of Freedom’, de Bob Dylan). En medio, 25 canciones más en un recital más de una gira (‘Land of Hope and Dreams Tour’) rebautizada con un eslogan inequívocamente antitrumpiano: ‘No Kings’. Con un 'setlist' fijo (una rareza en su carrera), una voz menos torrencial y un ritmo un pelín más lento en sus canciones, el Boss (76 años) y la E Street Band (todos ellos de su quinta menos Jake Clemons, el sobrino de Clarence Clemons, que tiene 46 años) desafían a la edad con conciertos de puro rock. Springsteen ya ha dicho en repetidas ocasiones que él y su banda nunca harán una gira de despedida y que espera seguir actuando incluso con noventa años.
Al día siguiente del concierto del Boss en Elmont (otro día en la oficina), los Rolling Stones presentaron nuevo disco, 'Foreign Tongues'. La banda espera que este sea el disco que “por fin sacará al grupo del anonimato”, bromeó el presentador del acto, Conan O’Brien. Mick Jagger y Keith Richards tienen 82 años, mientras que Ronnie Wood tiene 78. En el disco colabora Paul McCartney, que tiene 88 años. En el caso de los Stones, no está claro si habrá más conciertos, ya que la gira que tenían prevista para este 2026 por Europa fue cancelada debido a las dificultades que, según el guitarrista Keith Richards, de 82 años, le suponía mantener el exigente ritmo que implican estos directos. No pasa nada, los Stones llevan 40 años jugando al equívoco de que cada disco, cada concierto y cada gira va a ser la última.
Suele llamarse de forma despectiva “rock geriátrico” o “dinosaurios” a esta insistencia en mantenerse en el escenario por parte de bandas y cantantes. Las longevas carreras en el mundo de la música no son nuevas. Sin embargo, en el rock parece estar peor visto porque, al fin y al cabo, las guitarras afiladas y los bailes sinuosos se relacionan con la juventud. En el concierto del Último de la Fila, Manolo García bromeó con un bastón mientras en la pantalla se mostraban vídeos de sus surrealistas y juveniles inicios, teles destrozadas y embudos como sombreros. De ahí que muchos cantantes sufran crueles insultos edadistas en redes (Axl Rose, de 62 años, es la diana de muchos de ellos).
El Último de la Fila, Bruce Springsteen, los Stones o Eric Clapton siguen llenando estadios y movilizando a audiencias masivas que no solo consumen nostalgia, sino que reactivan su propia memoria vital a través de la música
Springsteen ha declarado varias veces que los conciertos en directo son el trabajo de su vida, y que subir al escenario es una necesidad emocional y creativa para él. Lo mismo sucede, amplificado, con su audiencia, a quien asistir a esos conciertos revive. Es enorme la capacidad de la música y del ritual del concierto de apelar a recuerdos y sentimientos no olvidados, pero sí enterrados. Hubo lágrimas el domingo en el concierto del Último de la Fila, de alegría, de emoción, por el reencuentro y por volver a sentir lo que se sintió en su momento.
Se acusa a menudo a estos dinosaurios de enriquecerse con un ejercicio que apela a la nostalgia, dado que su música ya no conecta con la vanguardia juvenil. Se olvida que su valor no depende de ser “lo más nuevo”, sino de seguir dando sentido a lo que una época escucha, recuerda y discute. Hay pocas formas tan contundentes de ser relevantes que llenar grandes estadios y que miles de personas canten de principio a fin canciones con 30 años de antigüedad.
Su público también quiere ser relevante en la conversación. La vejez de los ‘boomers’ y de las generaciones que vienen detrás se diferencia de las otras en su longevidad y su voluntad de seguir teniendo voz. De forma peyorativa, se les acusa a menudo de ejercer de tapón. Hay que saber dar pasos al lado, cierto, pero eso no significa callarse y desaparecer. Ejemplo pertinente: ¿dónde están los ídolos del pop juvenil, los mestizos de la música urbana, que se posicionan clara y abiertamente contra Trump?
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