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Opinión | Bloglobal

Albert Garrido

Albert Garrido

Periodista

Díaz Ayuso perturba la relación con México

Isabel Díaz Ayuso, el lunes en Ciudad de México. | JOSÉ MÉNDEZ / EFE

Isabel Díaz Ayuso, el lunes en Ciudad de México. | JOSÉ MÉNDEZ / EFE

El comportamiento de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en su tournée de diez días por México sería pintoresco si no persiguiese el objetivo de impugnar la operación diplomática diseñada por el Gobierno y apoya por el Rey en orden a atenuar la tensión desencadenada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, antecesor de Claudia Sheinbaum, promotor de un neoindigenismo que el escritor argentino Martín Caparrós ha identificado en alguna ocasión como una forma de neonacionalismo. Es obvio que Díaz Ayuso carece de atribuciones para influir o corregir la política exterior de España, competencia exclusiva del Gobierno, o a enmendar la plana al jefe del Estado. Tiene, eso sí, poderes reconocidos para promover la proyección exterior de Madrid como cualquier otro presidente de comunidad autónoma, pero desenterrar la figura de Hernán Cortes (1485-1547) para envolverse en la bandera -la de ahora o la de Carlos V, está por aclarar- resulta verdaderamente fatigoso, oportunista y fuera de lugar.

No hace falta ser un experto en la materia para llegar a la conclusión de que, desde tiempo inmemorial, no ha habido imperio de hábitos suaves y caballerescos. Seguramente no fue Cortés más bruto en sus empeños imperiales que quienes le precedieron en empresas de rango y objetivos parecidos, pero tampoco menos; debió tener días contenidos y otros de rompe y rasgo; debió aprovechar al máximo la creencia de los súbditos de Moctezuma de que con la llegada de los españoles se cumplía la profecía de la serpiente emplumada. Y aquí paz y después gloria, y fray Bartolomé de las Casas (1474-1566), nombrado Protector de los Indios y autor de Brevísima relación de la destrucción de las Indias, publicado en 1552, al auxilio de los sojuzgados por los conquistadores. Antes de sacar el botafumeiro, conviene tener todo eso en la cabeza y haberse leído como poco la biografía de Hernán Cortés escrita por Salvador de Madariaga, donde se barajan pros y contras; conviene tener asumido antes de subir a la tribuna de oradores que no hay imperio sin sangre y sometimiento.

El sinsentido de López Obrador de reclamar en su día disculpas a España por un lejano pasado es tan sinsentido como salir en 2026 en defensa y padrinazgo de un personaje del siglo XVI. Ni existía España por aquel entonces como Estado o comunidad política reconocida como tal ni sabemos los españoles de ahora de qué debemos pedir disculpas. Al presidente Lázaro Cárdenas, que acogió con generosidad a los españoles que partieron al exilio al final de la guerra civil, no se le ocurrió tal disparate. Sería igualmente un sinsentido que alguien exigiese a México a estas alturas del partido un reconocimiento expreso y laudatorio de la aportación del régimen colonial en el ámbito cultural y político, por no citar las dimensiones e influencia del mestizaje en la historia mexicana.

En la disposición política del Gobierno y del Rey de subrayar que no todo fue desinterés civilizatorio en la conquista de México, sino que hubo también violento atropello hay dosis intensivas de realismo. En las proclamas de la presidenta hay solo la disposición de regalar los oídos a la extrema derecha de aquí, de asentar su condición de líder de tal sector social en Madrid y aparecer como la defensora a ultranza de las esencias patrias, alguien a quien le debe rechinar en los oídos que un personaje de The Raj Quartet diga: “Llevamos demasiado tiempo aquí [en la India]”. Pero esa es la realidad de todo imperio: ocupación y sometimiento, auge, decadencia y repliegue. Desde siempre, hay en toda colonización un ingrediente impositivo, de ocupación del poder, de violación de una cultura y forma de vida, se mire por donde se mire y sea quien sea el agente colonizador. La fantasía absurda de José María de Areilza y Fernando María de Castiella Reivindicaciones de España (1941), de la que procede el eslogan franquista Por el imperio hacia Dios, no fue una excepción y contaminó siempre, de cerca o de lejos, el discurso franquista -nacionalcatólico- sobre la colonización de América.

Echar la vista atrás y aparcar la condescendencia es un buen punto de partida para adentrarse en la realidad histórica. Una tarde del otoño de 1992 explicaba una arqueóloga en las nobles ruinas de Chichen Itza, península del Yucatán, el mito de la serpiente emplumada con una profundidad y respeto reseñables. Al final de su explicación llegó a una conclusión no menos reseñable: “Faltó poder político a los mayas para que sobreviviera la creencia”. A buen seguro faltaron muchos otros ingredientes para que el mito no fuese sustituido por otros mitos y creencias, pero no hay duda de que la colonización fue también un fenómeno acelerado de sustitución, nada especialmente nuevo, por cierto, en episodios similares, tan propensos los colonizadores a invocar la superioridad o verdad de sus dioses frente a los de los colonizados.

Carece la digresión de Díaz Ayuso de la fundamentación moral mínima necesaria para no caer en una especie de populismo histórico ad hoc para reclutar a nostálgicos de lo que nunca fue, pero se presentó desde antiguo como una historia sin sombras. Forma parte tal comportamiento de la guerra cultural en curso, de una activación del patriotismo -tan complejo de definir y acotar- como un conglomerado de certidumbres que idealizan el pasado, aunque todo pasado contiene zonas de sombra a poco que se rasque en la superficie. Ha facilitado el trumpismo las herramientas elementales para la construcción de una realidad paralela o alternativa -Steve Bannon, uno de los inventores- y la presidenta se ha sumado a la empresa con la pretensión de que la guerra cultural no decaiga, aunque para ello deba meterse en territorio ajeno -la política exterior-, se exceda a ojos vista de su representatividad y atribuciones y dispute a la dirección del Partido Popular el discurso hegemónico del centroderecha, teóricamente no ultramontano.