Opinión | Verdiales

Periodista y escritora
Escapada
La convivencia es cotidianidad compartida y es fácil caer en la tentación de dar por sentados sentimientos que, además de extremadamente frágiles, van mutando con el paso del tiempo

Una aldea asturiana en el concejo de Villanueva de Oscos. / J. L. Cereijido
Para mí, tomando prestado, pero parafraseándolo, el título de una de las mejores novelas de Carmen Martín Gaite, lo raro es dormir. Por eso no me gusta hacerlo fuera de casa, da igual la categoría del hotel o las fabulosas condiciones del alojamiento. Tengo claro, asumido con resignación, que si, llegada la noche, mi cuerpo no se tiende en la cama que reconoce como propia, no descansa, mi mente lo gobierna, incapaz de ignorar todos esos pensamientos que durante el día se han ido acumulando en el umbral a la espera de ser atendidos, cual plegarias.
Con ese condicionante, un insomnio que llevo padeciendo desde mi infancia (ya entonces podía tardar horas en conciliar el sueño, me recuerdo llorando sentada en el pasillo, en la puerta de la habitación de mis padres, o preguntándole a mi hermana, con la que compartía cuarto, ¿te has dormido ya?), me resisto a los viajes de trabajo que implican pernoctar, pero también a los personales, de placer, y estos casi siempre lo conllevan, es imposible irse de vacaciones sin salir de casa.
De ahí que cuando, hace unas semanas, L. me sugirió, aunque era una petición, realmente, que nos marcháramos unos días fuera con Turrón, miembro ya consolidado de la familia que llevamos construyendo más de una década, intenté oponerme, rebatiendo su argumentación, lo necesitamos, llevamos meses con mucho encima, muy difíciles, con un pero si pasamos todo el día juntas del que me arrepentí nada más empezar a pronunciarlo.
La convivencia es, sobre todo, cotidianidad compartida y, encerrados, como estamos todos, pobres hámsters, en la rueda del rendimiento (curiosa palabra esta, proviene del latín 'rendere', que significa restituir, devolver o dar, y en su tercera acepción en el Diccionario es cansancio, falta de fuerzas), es fácil caer en la tentación de dar por sentados sentimientos que, además de extremadamente frágiles, van mutando con el paso del tiempo, lo mismo que cambia quien los experimenta.
El amor es eso, también, una transformación constante y, con suerte, duradera, pero nunca asegurada, lo único garantizado mientras estamos vivos es la muerte. Con esa teoría bien aprendida, aunque sin ponerla lo suficiente en práctica (sé que terminaré arrepintiéndome de no mostrar mi vulnerabilidad, la única forma de llegar a ser querida de verdad, sin artificios), acepté la propuesta de L. y busqué un lugar al que escaparnos.
En la recóndita aldea asturiana en la que acabamos, donde lo rural no ha dejado de ser un modo de vida, quienes allí nacieron allí siguen viviendo, volvimos a disfrutar de la soledad en compañía, de esos silencios que no pesan, alivian y reconfortan, de una distancia entre las dos perfecta, la adecuada, necesaria para evitar la hipoxia, que en esa cumbre que a veces hay que escalar para seguir viviendo a ninguna le falte el oxígeno, que esté repartido, como las responsabilidades.
No tuvimos, ese par de días, no fueron más, conversaciones profundas sobre el estado de nuestra relación o el del mundo alrededor. Leímos, mucho, caminamos entre vacas y terneros, un semental, caballos y potrillos, improvisamos un baile carente de ritmo ante la atónita mirada de Turrón, comimos y brindamos sin la culpa del deber, nos tumbamos a ver pasar el tiempo detenido, L. durmió plácidamente y yo fui feliz, a su lado.
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