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Opinión | Delincuencia
Sonia Andolz

Sonia Andolz

Profesora asociada de la Universitat de Barcelona

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Lo que llamamos (in)seguridad

Siempre podrá haber quien salga de casa con un cuchillo en la mano y, por una razón indeterminada, decida atacar a otro. Ahí no hay prevención posible

Consternación entre los vecinos de Esplugues dos días después del apuñalamiento mortal: "Hace falta más seguridad"

Concentración de familiares y amigos de la víctima asesinada el sábado en Esplugues, rinden homenaje en el barrio de Finestrelles, donde se produjo el fatal incidente.

Concentración de familiares y amigos de la víctima asesinada el sábado en Esplugues, rinden homenaje en el barrio de Finestrelles, donde se produjo el fatal incidente. / Jordi Cotrina / EPC

A raíz de varios casos concretos y del debate público sobre algunas medidas del Govern, vuelve a hablarse de percepción de (in)seguridad, miedo en algunas zonas y problemas de convivencia. Parece que, por mucho esfuerzo que pongamos en diferenciar percepción de datos reales, la polarización que controla todo el espacio público impide hablar sin alarmismos. La coincidencia temporal de estos casos puede ser eso, casualidad, pero dado que algunos sectores se adueñan de la narrativa para moldearla a su gusto, mejor coger el asunto por los cuernos e intentar separar lo casual de los hechos.

Es cierto que ha aumentado el volumen de armas blancas en las calles. Hace diez años no había tanta presencia de navajas, cuchillos de grandes dimensiones u otros utensilios de manejo sencillo entre la gente de a pie en Catalunya. En cambio, si lo comparamos con hace uno o dos años, los Mossos d’Esquadra aseguran que ha disminuido ese número. Lo que sabemos seguro es que, desde los noventas, no había grupos o comunidades urbanas que se identificasen con la tenencia de arma blanca como símbolo identitario así que se reducía a quienes lo hacían como rasgo de criminalidad. Por entendernos: llevaban armas los criminales “profesionales”, pero no tanto cualquier grupo social o cultural. En cambio, los últimos años de polarización política internacional y local han devuelto la necesidad de identificación entre quienes se sienten aludidos por esos discursos polarizados: o bien sienten que pertenecen a los grupos “perdedores” de la globalización económica o bien son marginalizados por ella. En cualquier caso, creen que llevar arma blanca les aportará algo.

A ello se le suman varios factores que a menudo pasan por alto las noticias inmediatas o los debates cortos y apresurados: la dificultad del sistema para renovar el marco jurídico; la falta de jueces y tribunales que permitan unos tiempos judiciales más normales y que, durante décadas, han faltado agentes de policía en Catalunya (se está revirtiendo ya) y la mayor complejidad de fenómenos globales gestionados localmente (como las organizaciones criminales organizadas de origen extranjero). No solo hay que localizar y requisar las armas de quien las lleva, no, hay que saber qué hacer con ellas. Y en democracia eso significa un circuito marcado y establecido y que cuente con garantías judiciales. Si se requisa un cuchillo en el metro, si se detecta un puño americano en una discoteca, si se localiza una porra extensible en un hospital, hay que proceder de forma diferente. No cualquier persona puede requisar esos objetos ni custodiarlos ni quedárselos, así que es necesario que esos “circuitos” estén claros para quienes sí pueden hacerlo y que funcionen.

Ahora bien, no todos los problemas que tenemos son sólo de arma blanca. Estos días en la radio se puede escuchar que la suciedad o el abandono del espacio público generan espacios que pueden dar esa sensación de inseguridad. Las zonas menos habitadas o con edificios grandes y de uso no residencial suelen dejar paso a la oscuridad y soledad nocturnas. Todo eso construye puntos negros que las administraciones públicas deben identificar y gestionar para evitar que crezcan los problemas.

Eso sí, la seguridad absoluta no existe y, desgraciadamente, siempre podrá haber quien salga de casa con un cuchillo en la mano y, por una razón indeterminada, decida atacar a otro. Ahí no hay prevención posible, y solo podemos esperar que, si ocurren, haya otros ciudadanos que reaccionen como lo hizo el de Esplugues: intentando ayudar a alejar al atacante de la víctima.

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