
Escritora
La herida de la navaja
El estrés del temor facilitó el derrumbe de la democracia. Décadas después, el mismo guion está siendo reproducido por el populismo conservador
Los Mossos niegan que el crimen de Esplugues sea un ataque terrorista y apuntan a un brote psicótico

Concentración de familiares y amigos de la víctima asesinada el sábado en Esplugues, rinden homenaje en el barrio de Finestrelles, donde se produjo el fatal incidente. / Jordi Cotrina / EPC
Lo sabía bien Federico García Lorca, el daño de una navaja es más profundo que la herida. El mal supera al cuerpo y la sangre permea la tierra donde brota nueva inquina. La coincidencia de dos crímenes recientes en Catalunya y la utilización de ambos ha elevado el grado de alarma social. La sangre de las víctimas merece ser llorada y será positiva cualquier medida adicional para reducir la criminalidad en las calles. Pero el dolor no puede llevarnos a negar el esfuerzo que se está haciendo, a despreciar los datos que prueban el descenso de las agresiones con arma blanca ni a ignorar que la exacerbación del miedo es un instrumento político.
Todo está escrito. El psicoanalista británico Roger Money-Kyrle viajó a Alemania en 1932 para escuchar los discursos de Hitler y Goebbels. Anotó que la estructura de las alocuciones era siempre la misma. Primero se alimentaba el miedo, la vulnerabilidad y la vergüenza dibujando una realidad insoportable: la ley y el orden quebrados, una profunda crisis económica y una Alemania humillada. Cuando el público ya estaba deprimido, se señalaba a los judíos y los socialdemócratas como traidores y al partido nazi como la salvación. La inseguridad ciudadana también era un argumento central. Se magnificaban los delitos y se llegaron a provocar peleas callejeras. El estrés del temor facilitó el derrumbe de la democracia. Décadas después, el mismo guion está siendo reproducido por el populismo conservador.
No es casualidad que las redes se poblaran de bulos ante los dos asesinatos recientes. En el relato del primero, la víctima pasó de tener 42 años a ser menor y se aludía a un supuesto grito yihadista del agresor. Ese grito no existió, y los Mossos han descartado cualquier vinculación terrorista. Tampoco el agresor del segundo crimen era un ‘mena robando’. Era un menor, sí, un joven colombiano que apuñaló al ladrón que le atacó. La verdad no minimiza los dos asesinatos, pero es importante ser conscientes de la mentira. Al menos, que el daño de la navaja no siga extendiéndose.
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