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Opinión | Ágora
Josep Santos

Josep Santos

Director general de La Salle Campus Barcelona

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Educar en tiempos de inteligencia artificial: el riesgo es dejar de pensar

Hay que formar a personas que sean capaces de comprender cómo funcionan los algoritmos, pero también de preguntarse por qué y con qué consecuencias se utilizan

La IA cambia las reglas del juego en la universidad: "Los estudiantes aprenden con ChatGPT, no a pesar de él"

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador.

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador. / Europa Press

La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de futuro para convertirse en una realidad cotidiana. Lo vemos cada día. Lo que no queremos ver es hasta qué punto ya está condicionando cómo aprenden nuestros estudiantes. La IA está presente en las aulas, en la manera como los estudiantes estudian, buscan información o redactan textos.

Esta es una realidad que ya no tendríamos que obviar. De hecho, obviarla sería una forma de negligencia. Los estudiantes ya utilizan la inteligencia artificial para aprender, tanto si el sistema educativo la ha integrado como si no. Ante este escenario, la pregunta es inevitable: ¿estamos formando a personas capaces de entender y utilizar con criterio la IA? ¿O estamos normalizando, y aceptando, que los estudiantes deleguen su pensamiento en la IA?

Durante años, el debate educativo se ha centrado en la incorporación de herramientas digitales en las escuelas y universidades. Pero hoy sabemos que esto, por sí solo, es insuficiente. El verdadero reto no es tecnológico, es eminentemente educativo. Y quizás también es incómodo admitirlo, porque en el pasado hemos puesto el foco en las herramientas mientras descuidábamos aquello que es realmente esencial. Es decir, la capacidad de pensar, de discernir y de asumir responsabilidades en un entorno cada vez más complejo.

Esta nueva realidad plantea preguntas que nos interpelan directamente a todos los que formamos parte del sistema educativo. No se trata solo de formar a profesionales competentes, sino a personas capaces de interpretar el mundo y de actuar con sentido. Porque detrás de cada tecnología no hay neutralidad, hay decisiones humanas. Y estas decisiones tienen consecuencias.

Las tecnologías avanzadas ya están multiplicando las oportunidades profesionales, pero también están transformando profundamente la manera de trabajar, de crear y de tomar decisiones. En este escenario, las competencias estrictamente técnicas continuarán siendo necesarias, pero difícilmente serán suficientes por sí solas. Saber hacer, por sí solo, ya no es un valor. Hay que saber cuándo, cómo y por qué hacerlo.

Por eso, educar hoy quiere decir ir más allá del uso de la tecnología. Quiere decir formar a ciudadanos, no solo a usuarios. Personas capaces de comprender cómo funcionan los algoritmos, pero también de preguntarse por qué y con qué consecuencias se utilizan. Personas capaces de aprovechar las oportunidades que ofrece la inteligencia artificial sin renunciar a la autonomía ni al espíritu crítico.

La inteligencia artificial puede generar textos, analizar datos o automatizar procesos con una velocidad extraordinaria. Pero no tiene criterio. No actúa con responsabilidad. No tiene conciencia. Estas cualidades continúan siendo —y continuarán siendo— humanas. Y es precisamente aquí donde la educación es insustituible.

Más allá de incorporar nuevas herramientas en las aulas, el reto de la educación es establecer marcos claros que orienten su uso. Desde el punto de vista normativo, pero también desde una perspectiva ética compartida, que ayude a distinguir qué es aceptable y qué no lo es, que permita identificar la desinformación y que haga conscientes a los estudiantes del impacto de sus decisiones digitales. La pregunta no es qué puede hacer la IA. La pregunta es qué dejaremos de hacer nosotros si no formamos a las nuevas generaciones con criterio.