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Desánimo en Alemania

Alemania, más preocupada por la falta de Tomahawk de EEUU que por la retirada de 5.000 soldados

El canciller alemán, Friedrich Merz

El canciller alemán, Friedrich Merz / Clemens Bilan / Efe

Tras el primer año de un mandato que estaba destinado a levantar los ánimos de los alemanes, el canciller alemán Friedrich Merz se encuentra acosado por el estancamiento económico, la impopularidad, el ascenso de la extrema derecha y la animadversión de Donald Trump. No se trata solo de una cuestión interna alemana. En el momento en que Alemania más necesita de un liderazgo capaz de sacarla del marasmo, más desacreditado aparece su líder. Y cuando los europeos más necesitamos a Alemania, para avanzar hacia una Unión Europea más competitiva y autónoma, menos es posible vaticinar el rumbo de un país en crisis.

Con recesión en 2023 y 2024 y un crecimiento discretísimo en 2025, el país llamado a ser la locomotora del continente vive un momento de desánimo colectivo, con 17 millones de personas (20% de su población) en riesgo de exclusión social (al menos en relación a las expectativas esperables en la principal economía de la zona euro y a la imagen que de su propio país tienen los ciudadanos alemanes).

Aunque los problemas de la economía alemana se arrastran desde hace años y no son achacables a Merz, sí es evidente que el canciller no ha conseguido alcanzar ningún de los objetivos que anunció cuando fue elegido al frente de un gobierno de coalición. Los problemas de la economía alemana son estructurales. Se trata, como diagnosticó el economista Wolfgang Münchau, del fin de un milagro que respondía a otra economía y a otro mundo y de las dificultades para adaptar ese modelo de éxito a nuevas realidades. Ni Merz ni su gobierno han sido capaces hasta ahora de llevar a cabo las reformas necesarias para adaptar la economía del país a los cambios geopolíticos. Las dificultades del automóvil alemán –uno de sus principales ‘drivers’ de su crecimiento–, para hacer frente al automóvil chino son uno de los ejemplos de una crisis que afecta a casi toda la industria del país. Aunque Alemania sea un país con un potencial sin parangón en Europa, y el que más recursos tiene para liderar el proceso de reindustrialización que la crisis del covid ya mostró que era imperativo, la falta de reformas económicas y sociales ha conducido a la situación actual. Una responsabilidad que comparten socialdemócratas y conservadores.

La debilidad de la economía y la tensión social han dado alas al populismo de derechas. Hoy, la AfD, un partido con connotaciones extremistas, ronda el 27% de la intención de voto en los sondeos, cinco puntos por delante de conservadores y casi el doble que verdes y socialdemócratas.

En este contexto, las medidas anunciadas por Merz para fortalecer el Ejército ante la amenaza rusa –el otro gran objetivo de su mandato– pueden topar con el rechazo a los recortes de prestaciones sociales que el canciller ha anunciado que las acompañarán. Y generará nuevas dificultades para el mantenimiento de una coalición que, no obstante, no tiene alternativa.

Mientras, el presidente de EEUU sigue actuando como disruptor y no como aliado; ahora, al renovar tanto sus amenazas arancelarias como la decisión de retirar al menos 5.000 militares, además de la suspensión del despliegue de misiles de crucero, en este caso ante su problema de existencias por los ataques a Irán. Aunque en este caso, cada desplante de Trump, más que debilitar a la UE frente a Vladímir Putin, la empuja, o debería empujarla, a avanzar en un proyecto común de seguridad.

Europa necesita a Alemania. Ahora más que nunca, cuando los líderes de Francia y Gran Bretaña también pasan por momentos aciagos. Solo cabe esperar una recuperación económica que orille los populismos y permita fortalecer uno de los pilares esenciales de la UE.