
Escritor y periodista.
Peor o mejor mundo posible
Frente a esas cosas que funcionan aparatosamente mal hay muchas otras que funcionan discretamente bien y no pocas veces como resultado del empeño humano

El presidente de EEUU, Donald Trump, este jueves en el Despacho Oval. / AARON SCHWARTZ / POOL / CNP / EUROPA PRESS
El gran embudo del estrecho de Ormuz ilustra ahora mismo páginas de novela distópica en directo. Con el siglo XXI las novelas distópicas se aposentaron en los escaparates de las librerías, arrumbando las ficciones utopistas. Aparentemente, hemos pasado de los escenarios con un mundo que pudiera ir a mejor con el decorado apocalíptico de un mundo siempre a peor. Predomina la llamada ley de Finagle: “Algo que puede ir mal, irá mal en el peor momento posible”. Es una ley presente en las novelas de ciencia ficción y es aplicable a los juegos de guerra, en los que nadie sale vivo o todos se convierten en arcángeles.
Es tan absoluta que la aplicamos a todo pero también es cierto que la reciente exploración astronáutica Artemis II acabó bien y que en 'Blade Runner' todo estaba previsto, menos que el siglo XXI iba a ser el dominio total del teléfono móvil. ¿Es imposible que, en unas décadas, la exploración espacial pueda darnos a conocer una forma de energía que deje los pozos de petróleo parados para siempre? ¿No se está sugiriendo que, con los avances de la inteligencia artificial, la medicina dará grandes pasos contra el cáncer o el mal de alzhéimer?
Ya se sabe que no vivimos en el mejor de los mundos posibles pero eso no quiere decir que seamos el peor de todos los mundos posibles. Una derivada de la ley de Finagle dice: “Si un experimento funciona es que algo se ha hecho mal”. Ahora mismo, el espectáculo Àbalos-Koldo-Aldama, las disfunciones en infraestructuras o la banalización de la política y la literatura aparentan una confirmación empírica de la ley de Finagle, pero no exactamente. Frente a esas cosas que funcionan aparatosamente mal hay muchas otras que funcionan discretamente bien y no pocas veces como resultado del empeño humano, de la voluntad de hacer algo que valga la pena.
De ahí que las políticas de lo totalmente mejor o lo radicalmente peor correspondan a desviaciones de la razón que pretende entender la realidad y no sustituirla por una ficción o por el vacío. Donald Trump no es el peor ni el mejor de los presidentes posibles. Es un sujeto humano determinado por sus propias circunstancias y con una conspicua propensión al error.
En su día, las leyes de la termodinámica ya nos explicaron que, en cualquier sistema aislado, el desorden tiende a aumentar. Eso es ciencia. Luego viene la ciencia ficción y formula la ley de Finagle, tan cómoda para expertos en todo que viven de simplificar, ya sea Ormuz, la falta crónica de presupuestos generales, la obesidad, la mala educación o los problemas del AVE en Málaga. No es lo mismo navegar en una nave de Star Trek que quedarse parado en un tren de cercanías, entre dos estaciones. Pero la tentación del fatalismo sigue ahí, perdurable. Por eso vale la pena seguir queriendo ser libres, en un mundo peor o mejor.
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